ángeles en la nieve

—Sácala de aquí.

él le pone una mano a Tuuli en el hombro y se la lleva.

Cuando Kate se gira hacia mí, parece fría como un témpano.

—Tengo que hacer un par de cosas en la oficina. Serán sólo unos minutos.

Me apoyo en la barra mientras la espero. Un turista pregunta a Jaska, que está detrás de la barra: —?A qué distancia estamos del Polo Norte?

Jaska pone la expresión condescendiente que reserva para los extranjeros: —Los australianos no son muy buenos con la... —no encuentra la palabra y recurre al finlandés— maantiede. Si siguiera un día en esa dirección, llegaría al mar de Barents, el final del mundo —explica, se?alando al oeste.

—Algunos finlandeses tampoco son muy buenos con la geografía —digo yo—. Por ahí se va a Suecia. —Me giro noventa grados—. El Polo Norte está en esa otra dirección. —Se?alo al este—. Rusia está hacia allí. Estamos ciento sesenta kilómetros por encima del Círculo Polar ártico.

—El inspector Vaara y yo fuimos juntos al instituto —suelta Jaska—. él sacaba mejores notas.

—Gracias por la lección —dice el australiano—. Es difícil orientarse si siempre está oscuro. ?Es policía?

—Sí.

—Le invito a una copa. ?Qué bebe?

—Lapin Kulta.

—?Y eso qué es?

—Cerveza. En el ártico hubo una ?fiebre del oro? hace algo más de cien a?os; el nombre de la marca significa ?El Oro de Laponia?.

Jaska sirve bebidas a los turistas y charla sobre las condiciones necesarias para practicar el esquí. Se supone que ma?ana la temperatura tiene que subir hasta menos quince, aún un frío tremendo, pero que permitiría que los esquiadores provistos de un equipo adecuado pudieran lanzarse de nuevo a las pistas.

Me conviene hacer sentir mi presencia, desanimar a los lugare?os cuya idea de diversión consiste en emborracharse y darse de tortas o meterse con los turistas. Miro a ambos lados de la sala. Ahí están los hermanos Virtanen, candidatos principales a acabar por comportarse de ese modo. Al caer la noche lo más probable es que ya se hayan amenazado mutuamente con los cuchillos. Uno de estos días se matarán el uno al otro, y el que sobreviva se morirá de soledad.

Jaska me pone mi cerveza.

—Jotain muuta? ?Algo más?

—Un ginger ale para Kate.

Mientras Jaska se lo pone, me acerco a la mesa de los hermanos Virtanen: —Kimmo, Esa, ?qué tal va?

Los hermanos parecen avergonzados. Mi presencia les pone nerviosos.

—Bien, Kari —responde Esa—. ?Cómo está esa esposa norteamericana tan guapa que tienes?

Mi matrimonio con una extranjera provoca susceptibilidades y consternación entre las mentes más cerradas de nuestra peque?a comunidad, pero también envidia, debido al éxito y al ?inactivo físico de Kate.

—Está bien. ?Qué tal vuestros padres? —Mamá no puede hablar desde la apoplejía, y papá..., ya sabes cómo es —responde Esa, y Kimmo asiente con un gesto entorpecido por el alcohol.

Esa, Kimmo y yo crecimos en el mismo barrio. Esa quiere decir que su padre lleva semanas borracho. Cada invierno se embota con alcohol etílico ruso y así pasa el kaamos, la estación oscura, hasta la llegada de la primavera; e incluso su sobriedad se mide sólo en comparación con su coma etílico invernal. Me pregunto si su madre realmente no puede hablar, o si está tan harta que se ha quedado sin nada que decir.

—Dadles recuerdos. Y vosotros procurad no meteros en líos esta noche.

Kate aparece de la trastienda. Cojo nuestras bebidas y nos vamos a una mesa en la sección de no fumadores.

Le pongo el ginger ale enfrente, sobre la mesa.

—Kiitos. —?Gracias?. Aún no habla finlandés, pero intenta usar las pocas palabras y frases que conoce—. No me iría mal una cerveza ahora mismo, pero supongo que tendré que esperar siete meses hasta la próxima.