ángeles en la nieve

—Están a punto de encender la hoguera —a?adí—. ?Quieres venir a verla conmigo?

—Eso estaría muy bien —respondió. Y me cogió la mano; eso me sorprendió. Empezamos a caminar—. Cojeas —observó—. ?Cómo es eso?

—Me dispararon. ?Y cómo es que tú también cojeas?

—Me caí.

Nos cogimos de la mano y contemplamos la hoguera en silencio. Más tarde le pregunté a Kate si querría venir a mi casa a tomar una copa.

—?Dónde vives? —preguntó ella.

—A un poronkusema de aquí, más o menos.

—?Y eso cuánto es?

—Un poronkusema es una medida de distancia lapona que significa ?un pipí de reno?. Los renos no pueden orinar mientras tiran de un trineo, y si no paras y les dejas orinar de vez en cuando pueden desarrollar una obstrucción del tracto urinario. Un poronkusema son unos quince kilómetros, unos treinta minutos en trineo.

—Realmente eres una gran fuente de información inútil.

Fuimos a mi casa. Seis semanas más tarde estábamos prometidos. Nueve meses después estábamos casados.

Resulta difícil creer que este lugar, escenario de una situación que me trajo una felicidad tan grande, sea ahora el lugar donde se ha producido una tragedia de tal envergadura. Vuelvo a bajar la vista al cadáver destrozado de Sufia.

—Esko...

—?Sí?

Tengo que preguntárselo, pero me asusta oír la respuesta:

—?En qué medida crees que fue consciente de todo lo que le hicieron?

—Está tan mal que no podría decírtelo sin practicarle antes la autopsia. Yo me he preguntado lo mismo. Aun así, aún podría haber sido peor.

—?Cómo?

Se pone en pie y se sacude la nieve de los pantalones.

—Si no hubiera muerto.

Vuelvo a bajar la mirada hacia Sufia, el ángel en la nieve. Su cara se transforma y me imagino a Kate desnuda y martirizada, asesinada en un campo nevado. La sensación de tristeza que me había invadido antes vuelve a aparecer; entonces, por primera vez en mi vida, lamento que en Finlandia no haya pena de muerte.





3


La escena del crimen ya ha sido estudiada y se han llevado el cuerpo de Sufia Elmi. Hemos entrado en casa de Aslak un rato para calentarnos, pero aun así sigo congelado hasta los huesos. Soy el último que se va, y me quedo de pie, temblando. Levanto la vista. El viento ha disipado las nubes y la noche se ha cubierto de estrellas. Hay luz suficiente para ver sin usar la linterna, así que la apago.

La cinta amarilla y negra que delimita la escena del crimen parece fuera de lugar en una granja de renos. El lugar donde yacía el cuerpo de Sufia es ahora un agujero manchado de sangre en la nieve, como una órbita ocular vacía. El lugar quedará irreconocible al cabo de muy poco tiempo, cuando los animales del bosque huelan la sangre y vengan a curiosear. No importa. En cualquier caso, quedará cubierto de nieve fresca muy pronto.

Hace a?os, mientras preparaba mi tesis del master, fui a Nueva York a pasar un semestre como estudiante de intercambio. Lo que me impresionó más fue el cielo. En ese rincón del mundo, tan lejos del Polo Norte, el cielo es plano y gris, un universo unidimensional. Aquí, el cielo es curvo y casi no hay polución. En primavera y oto?o el cielo es azul oscuro o violeta, y las puestas de sol duran horas. El sol se convierte en una tenue bola naranja que transforma las nubes en torres rojas y violetas de bordes plateados. En invierno, durante veinticuatro horas al día, innumerables estrellas salpican la bóveda celeste de la gran catedral en la que vivimos. Los cielos de Finlandia son el motivo por el que creo en Dios.