ángeles en la nieve

—Las dos cosas.

—Te equivocas —replico, sacudiéndome la mano de encima—. No odiaba a Heli. Me llevó tiempo y fuerza de voluntad, pero hice algo peor de lo que me hizo ella: la olvidé, la borré de mi mente como si nunca hubiera existido. Me deshice de todas sus fotografías. Si tenía algo que pensara que ella hubiera tocado siquiera, lo tiré. Si la hubiera visto por la calle, no le habría hecho caso. Habría pasado a su lado como si no estuviera. Si ella hubiera estado muriéndose de hambre y me hubiera venido a pedir limosna, no le habría dado ni unas monedas para que pudiera comprarse algo que comer. Si hubiera tenido los pulmones en llamas, no me habría molestado ni en mearle en la garganta para apagar el fuego. Si no hubiera sido por este caso, nunca jamás habría vuelto a hablar con ella. ?Te enteras?

—Hubiera preferido que la hubieras odiado —responde, una vez asimiladas mis palabras. No vuelve a abrir la boca.





34


Llegamos al lago y paro en el arcén. El cielo está encapotado y la nieve emite sólo un leve reflejo. Una peque?a hoguera arde sobre el hielo, donde murió Heli. Fijo un micrófono en el interior de mi gorro de piel de zorro, relleno el cargador de mi Glock y la meto en el bolsillo del abrigo. Esposo a Seppo para que parezca que no ha venido por voluntad propia.

—Tengo miedo —confiesa.

No me molesto en animarle.

Con gran esfuerzo, bajamos por entre la nieve del terraplén. El lago está igual que el día en que se ahogó Suvi. El viento ha limpiado la superficie, que está lisa e impecable como una lastra de pizarra. La luz mortecina le da el color de una perla oscura. Miro hacia el bosque. Las sombras son impenetrables, pero es reconfortante saber que Valtteri está ahí, observando y escuchando.

Atravesamos el lago. Abdi ha amontonado le?a y ha hecho una peque?a hoguera. Está sentado en un neumático, calentándose las manos, con una lata de gasolina a su lado. A unos metros de donde está él aún se ven los restos del fuego que acabó con la vida de Heli.

Nos acercamos a él y doy un empujón a Seppo, que cae de rodillas.

Observo el neumático y la lata de gasolina.

—Parece que ha preparado un suicidio de lo más elaborado.

Abdi levanta una mano y me apunta a la cara con una pistola. Eso no entraba en el plan.

—?De dónde ha sacado la pistola?

—Soy un hombre de negocios y transporto grandes cantidades de efectivo. Tengo licencia para llevarla.

Nos quedamos mirando el uno al otro. No sé por qué no tengo miedo.

—Acertó en algunas suposiciones, pero no en otras —aclara—. No, no soy el doctor Abdi Barre, me llamo Ibrahim Hassan Daud. No maté al doctor Barre. De hecho, le tenía cierto aprecio. Pero sí me quedé con su pasaporte. Al fin y al cabo, ya no iba a servirle para nada. Su investigación sobre mi identidad me ha creado ciertas dificultades.

—Su identidad no es problema mío —respondo—. No tiene nada que ver con lo que pasa aquí.

—Sí que tiene que ver. Aunque yo no maté al doctor Barre, he matado a otros. No disfruté con ello, pero eran tiempos de guerra, algo que dudo que usted pueda entender. Uno tiene que hacer ciertas cosas para sobrevivir. No disfruto haciendo lo que estoy haciendo ahora; pero, también en este caso, hago lo que tengo que hacer. Usted nos ha colocado a ambos en una situación de lo más incómodo. Si me deportaran a Somalia, me ejecutarían sumariamente. Hudow ya ha perdido a su única hija, y se quedaría aquí, sola, incapaz de valerse por sí misma. Y eso no puedo permitirlo.

Intento hacer que siga hablando, obtener su confesión.

—?Quién iba a ejecutarlo?