El coleccionista

—Es agua —dice el tipo, y la levanta un poco. Vierte el contenido en su boca.

Ella siente un odio terrible hacia él, pero tiene tanta sed que accede a beber. El tipo le retira el agua después de que haya ingerido unos pocos tragos.

—Pronto te daré más —le dice.

—?Quién… quién es usted? ?Qué piensa hacer conmigo?

—No hagas preguntas —le dice, y la chica nota de nuevo la presión en la boca, que le queda tapada por algún tipo de cinta adhesiva—. Vas a necesitar tus fuerzas —le aconseja el tipo—. Tengo planeado algo muy especial para ti la semana que viene —le cuenta—. Y esto no vas a necesitarlo —a?ade mientras introduce una hoja afilada por debajo de la ropa de la chica y se la corta para despojarla de ella.





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El aire caliente está impregnado del polvo del patio de ejercicios. Moscas y mosquitos intentan utilizar mi nuca como pista de aterrizaje. Unos bloques de cemento gigantescos me separan de los sonidos del otro lado, donde los hombres ven pasar la vida mientras juegan al fútbol o a las cartas, o mientras se dejan pisotear por otros hombres. A mano derecha hay grúas y andamios. Los obreros trabajan en la ampliación de una prisión que apenas se tiene en pie, levantan nubes de suciedad y cemento en polvo que se aferran al aire como la niebla de principios de invierno. La polvareda es tan densa que es difícil distinguir los detalles, saber si lo que acaba de pasar ha sido una estampida de vacas o una estampida de prisioneros intentando escapar. Mi ropa está tiesa y desprende un olor rancio tras haber pasado cuatro meses plegada y embutida en una bolsa de papel, pero sin duda es mucho más cómoda que el mono de presidiario que utilizaba por igual para trabajar, dormir y comer. Aún llevo el sudor y la reclusión pegados a la piel. Siento en los pies el calor que irradia el asfalto. Cuando cierro las manos, noto los muros de acero y hormigón que me han aislado del mundo del mismo modo que un amputado sigue notando la pierna fantasma, como si aún la tuviera. He pasado los últimos cuatro meses completamente aislado. No solo del mundo, también de los demás prisioneros. He pasado día tras día rodeado de celdas ocupadas por pedófilos y otros especímenes de basura humana a los que separan de la población general para evitar que acaben degollados. Cuatro meses que han sido como cuatro a?os, aunque podría haber sido peor. Podrían haberme partido la cara o haberme obligado a recoger el jabón en la ducha cada noche. Era un ex poli en un mundo de acero y hormigón lleno de tipos que odian a los polis más aún de lo que se odian entre ellos. Estar rodeado de pederastas me provocaba náuseas, pero era la alternativa menos mala de todas. Sobre todo porque eran reservados. Se pasaban el día fantaseando acerca de los motivos que los habían llevado hasta allí. Fantaseando acerca de la posibilidad de recuperar ese tipo de vida.

Los guardias de la prisión me observan desde la entrada. Parecen preocupados por la posibilidad de que vaya a intentar colarme dentro de nuevo. Me siento como un personaje de película: el tipo que se ha perdido y se despierta en una época distinta y tiene que agarrar a alguien por los hombros para preguntarle desesperadamente qué día es, incluyendo el a?o, mientras la gente lo mira como si fuera tonto. Por supuesto, yo sé qué día es hoy. Llevo esperando este día desde que me metieron aquí. La ropa me queda grande porque he adelgazado. La nutrición en prisión es malnutrición.