El coleccionista

El tipo la suelta y le pega un bofetón. Un bofetón fuerte. El bofetón más fuerte que le han pegado en sus diecisiete a?os de vida. La cabeza le queda vuelta hacia un lado y la mejilla le arde. Luego él le pone las manos en el pecho y al principio ella cree que está intentando meterle mano, pero enseguida nota cómo la empuja, las estrellas aparecen frente a sus ojos formando un remolino y su espalda golpea el suelo mientras intenta amortiguar el golpe con las manos.

La puerta del coche se cierra y el motor arranca. El anciano baja la ventanilla y grita algo antes de largarse, pero ella no lo oye por el ruido del coche y la sangre que se acumula en sus oídos. El coche se dirige a toda prisa hacia la salida, peligrosamente pegado al muro. Golpea el contenedor al pasar y le deja una buena abolladura. Ella espera que pare el coche para seguir gritándole, pero en lugar de eso el tipo sigue pisando el acelerador a fondo y se aleja por la calle. Se oye el chirrido de los frenos de otro coche y a alguien gritando ??cabrón!?.

La chica está sentada en el suelo llorando de rabia junto a su bolso, cuyo contenido forma una especie de charco tras haber quedado esparcido por el asfalto. Primero piensa en entrar y contarle a su jefe lo que ha ocurrido, pero sabe que le dirá que ha sido culpa suya. Otra cosa típica de su jefe, todo es siempre culpa de los demás, y en este caso pensaría que estaría intentando culparlo a él. Se pone de pie y se mira la palma de las manos. Se le ha desgarrado la piel de la palma derecha, le ha quedado levantada en una ampolla, como un globo. Al menos no le sangra.

—Cabrón —susurra mientras se seca las lágrimas.

Sopla un viento cálido que le hincha la ampolla de la mano como si fuera un peque?o paracaídas. Vuelve a meter las cosas en el bolso y luego tiene que revolverlo para buscar las llaves, pero no las encuentra. Vuelve a agacharse para buscarlas. Llevaba las llaves en la mano cuando salió al aparcamiento, ?no? No está segura, pero empieza a dar vueltas y finalmente las ve detrás de la rueda trasera de un Toyota sucio y destartalado. Va hacia allá y se agacha de nuevo para recogerlas. Al mismo tiempo, unos pasos se precipitan hacia ella. Levanta la mirada y ve la silueta de un hombre recortada ante la luz de una farola, gracias a Dios que hay alguien para ayudarla.

—Graci… —No llega a terminar la palabra, el pánico se apodera de ella al ver que el tipo se le echa encima.

No tiene ni idea de lo que está ocurriendo. Intenta zafarse del tipo y este responde golpeándole la cabeza contra el suelo, tan fuerte que las luces del aparcamiento se apagan. Nota cómo el mundo desaparece ante sus ojos. Cree estar luchando contra ello, pero tampoco puede estar segura porque tiene la sensación de estar cayendo en un sue?o. Aparece su abuelo sonriéndole, el anciano del coche, el café que se le ha caído de las manos hace unas horas y la bronca que le ha echado el jefe por ello, su novio que quería pasar la noche con ella y luego piensa en Satanás, piensa que vive en Christchurch, que establece ahí su residencia y se trae a todos sus amigos para que tomen la ciudad, piensa en todo eso antes de darse cuenta de que en realidad no está sucediendo pero, a pesar de sus esfuerzos, el mundo se desvanece ante ella.

Cuando el mundo vuelve a aparecer, llega sin referencias temporales. Como el a?o pasado, después del accidente. Entonces la habían atropellado, pero no recuerda cómo sucedió. No recuerda lo que sucedió una hora antes del accidente ni el día siguiente. Pero esta vez sí se acuerda. Está tendida sobre un colchón, pero cuando se vuelve un poco a un lado no consigue ver el borde. Le duelen las mu?ecas, las tiene atadas a la espalda y las piernas también, las tiene amarradas a las ataduras que le inmovilizan las mu?ecas. El dolor de cabeza es brutal, siente una presión tan fuerte detrás de los ojos que, sea lo que sea lo que los cubre, probablemente esté evitando que se le desprendan de las órbitas. Tiene sed y hambre y el ambiente es sofocante y viciado. Deben de estar a más de treinta grados y todo está a oscuras. Empieza a llorar. Esto no es un hospital. La han atado para cocerla en esa habitación, que parece más bien un horno.

Pasos. El crujido de una tabla del suelo. La llave en el cerrojo y la puerta que se abre. Alguien se le acerca. Puede oír cómo respira. Intenta hablar pero no puede. Piensa en sus padres, en sus amigos, en su novio. Piensa en el anciano de la cafetería y se promete que si sale de esta con vida no volverá a ayudar a nadie jamás.

—Bebe.

Es una voz de hombre. Le libera la presión de la boca. Tiene que haber algo que pueda decir para que la suelte.

—Por favor, por favor. —Llora—. Por favor, no me haga da?o. No quiero sufrir, por favor, se lo ruego —dice con la cara empapada de lágrimas. No cree que haya llorado jamás tanto. Sabe que nunca había estado tan asustada. Ese tipo le hará algo malo y le tocará vivir con lo que le haga, eso la perseguirá hasta volverla loca. La persona que ha sido hasta ahora está a punto de morir.

Pero saldrá de esta. Sobrevivirá. Lo sabe porque… porque… porque esto no tendría que haberle sucedido a ella. No es posible que su vida esté a punto de terminar. No cuadra, no tiene sentido. Llora aún con más ganas.

—Por favor… —suplica.

El cuello de plástico de una botella queda presionado contra sus labios.