El coleccionista

—No, no, por supuesto que no —digo mientras intento controlar mi respiración.

Cooper empieza a ahogarse. Intenta mover los brazos pero no puede. Tiene la boca abierta y la lengua se le está hinchando y le obstaculiza el paso del aire. La cara se le está poniendo morada, no puede respirar. Intenta alcanzarse la boca con las manos, pero no puede.

—Me ha contratado tu padre —le digo. El sudor se me mezcla con la sangre del cráneo y el fluido que llenaba el tarro. No paro de frotarme los ojos para librarme de él, escuece mucho—. Pensó que yo os lo debía, a ti y a él, que tenía que encontrarte. Por eso, fue por eso por lo que acepté el caso.

—Quédate donde estás —dice ella—. Quédate en el suelo. Si veo que intentas moverte, te golpearé. Lo digo en serio.

—?Y qué pasa con él? —pregunto, se?alando en dirección a Cooper, que ya tiene la cara de un color morado intenso.

—?Quería matarme? —pregunta ella.

—Sí.

—Entonces déjalo morir —dice ella.

—No es eso lo que quieres —digo—. Ahora mismo sí, pero pronto lo lamentarías. Créeme. —Me levanto del suelo. Me froto los ojos y respiro hondo unas cuantas veces. Intento acercarme a Cooper, pero vuelve a dolerme la rodilla y no puedo doblarla ni apoyar peso en ella.

—Quédate donde estás —me dice.

—Morirá.

—Si mueves un solo músculo, te voy a hundir esto en el cráneo. ?Tienes móvil?

—No.

—Mierda —dice ella—. Todo el mundo tiene móvil hoy en día.

—?Ah, sí? ?Y dónde está el tuyo? —pregunto.

—No lo sé. Me lo quitó él.

Me seco la cara con los faldones de la camisa. Poco a poco, empieza a aclarárseme la vista. Cooper sigue ahogándose.

—?Por qué insistes tanto en ayudarlo? —pregunta ella.

—La policía está en camino, pero aún tardarán cinco o diez minutos y, sinceramente, me gustaría tanto como a ti quedarme a ver cómo muere. Pero él tiene información que necesito. Estoy buscando a otra mujer. Otra chica a la que le hizo da?o.

—No te creo.

—Tienes que confiar en mí.

—No volveré a confiar en nadie jamás.

Meto la mano en el bolsillo. Encuentro la fotografía que me dio Donovan Green el día que salí de la cárcel.

—Tu padre me dio esto —le digo mientras se la muestro—. Me dijo que el día que tomó esa foto tú cumplías los diez a?os. Me contó que lo único que querías por tu cumplea?os era un perrito y que al ver que no te lo regalaban, te escapaste. Me dijo que te encontraron a dos manzanas de casa, en el tiovivo del parque, intentando hablar con los pájaros para hacerte amiga de ellos. Sintieron un gran alivio al ver que estabas sana y salva y, justo cuando estaban a punto de echarte la bronca, les convenciste para que no lo hicieran. Tu padre me contó que les dijiste que te habías escapado porque te arrepentiste de haberles pedido tanto, y no porque no lo hubieras conseguido, y que te escapaste porque eras mala. él sabía que te lo estabas inventando, pero lo dijiste de un modo tan creíble que fueron ellos los que se sintieron mal y no consiguieron echarte la bronca. Me dijo que siempre has sido capaz de convencerlo de lo que querías. Suelta la palanca, Emma, y déjame que lo ayude.

—?Te contó todo eso?

Asiento.

Emma no suelta la palanca, pero me indica con un movimiento de cabeza que puedo proceder.

—Ayúdalo —dice ella—. Pregúntale lo que tengas que preguntarle.

Me acerco a Cooper y me agacho junto a él.

—Tranquilízate —le digo.

Pero no se tranquiliza. No se mueve mucho, se limita a temblar, pero necesito que esté absolutamente quieto.

—Deja de moverte o vas a morir. Bueno, esto te dolerá, pero al menos no morirás. ?De acuerdo?

Deja de moverse.

Recojo el bolígrafo del cuaderno de crucigramas y lo parto por la mitad, con lo que consigo un tubo de plástico.

—?Qué vas a hacerle? —pregunta Emma.

—Voy a salvarte la vida. ?Sabes cómo lo voy a hacer? —le pregunto a Cooper.

En sus ojos veo que lo ha comprendido. Recojo un trozo de cristal del tarro roto, le agarro la frente con una mano para sostenerlo quieto contra el suelo y le clavo el cristal en la garganta, justo en el hoyuelo de la base. Forcejea de nuevo, con la cara empapada en sudor. Cuando el corte es lo suficientemente profundo, introduzco el tubo en la herida.

Empieza a respirar, el tubo permite el paso de aire.

Finalmente empiezan a oírse las sirenas a lo lejos.

—Ya llega la policía —le digo a Emma—. Ve a ponerte algo de ropa, yo esperaré con él.

Emma sale de la habitación. Cooper se queda donde está. Su rostro va recuperando poco a poco el color normal.

—?Recuerdas a Natalie Flowers? —le pregunto.

Cooper encuentra las fuerzas necesarias para asentir.

—?Sabes dónde está?

Niega con la cabeza.

—?No tienes ni idea de dónde está?

Niega con la cabeza de nuevo.

—Si lo supieras, ?me lo dirías?

Niega una vez más.

—Fuiste tú quien la convirtió en lo que es. Lo sabes, ?verdad?