El coleccionista

Apenas puede apoyar peso en la pierna, y en todo caso, solo toca el suelo con el talón, apoyando el hombro en la pared. Camina con la pistola por delante, sin dejar de apuntar hacia la entrada de la Sala de los Gritos.

Sale la madre de Cooper. Tiene los ojos entreabiertos y la cara flácida. Está de pie, pero se sostiene de un modo extra?o, como una marioneta en un espectáculo de títeres, con las extremidades laxas y fuera de control. Se le acerca y Adrian retrocede un paso. No esperaba que sucediera eso. La apunta con la pistola como puede, le tiembla la mano, le duele todo el cuerpo. Con la mano libre se tapa el ojo herido.

—?Qué quieres? —pregunta.

Ella no responde. Adrian retrocede otro paso y su peso se desplaza sobre el pie malo, la pierna le falla y está a punto de caer al suelo.

—No me obligues a dispararte —dice gritando por encima del zumbido que le llena los oídos.

Más cerca. Un poco más cerca.

—Atrás —dice él.

Aprieta el gatillo. Dos veces. Un disparo acaba en el techo y el segundo en el pecho de la mujer. En lugar de salir disparada hacia atrás como cuando disparan a alguien en las películas, ella se precipita hacia delante. Vuelve a dispararla y esta vez le acierta en la barriga, pero ella sigue avanzando hacia él y Adrian levanta los brazos para evitar que lo pegue, levanta incluso la mano con la que se cubría el ojo cuando la madre de Cooper cae sobre él. Adrian retrocede tambaleando y esta vez no consigue mantener el peso sobre el pie, se cae y acaba con el cuerpo tendido en el suelo y la cabeza atrapada contra el tabique de yeso, en el que ha dejado una marca producida por el golpe. Adrian la aparta a empujones. Ella cae al suelo junto a él y las caras de ambos quedan confrontadas.

Cooper está de pie delante de él, parece furioso. Tiene la parte delantera de los pantalones empapada y aún lleva la camisa manchada por la sangre de la chica a la que mató hace dos noches. ?Ya han pasado dos noches? Cuando lo mira se ve también el pie y se da cuenta de que también ha perdido el segundo dedo herido y no está seguro de cuándo ha sucedido.

Adrian vuelve a apuntar, pero ya no tiene la pistola en la mano, la tiene vacía. Está indefenso, como lo había estado tantos a?os atrás cerca de la escuela, cuando estaba en el suelo y se le mearon encima. De hecho, tiene la misma sensación que entonces, la de saber lo que se avecinaba. Cooper se inclina, recoge el arma y se le acerca.

—Me duele —dice Adrian—. Por favor, Cooper, ayúdame. Eres mi mejor amigo.

Cooper se agacha, apoya el ca?ón de la pistola en el pecho de Adrian y sonríe. Adrian también sonríe. Todo irá bien. El ca?ón de la pistola está caliente. Al cabo de un momento tiene la sensación de estar sufriendo un ataque al corazón. Se le tensan todos los músculos del cuerpo y el ojo deja de dolerle. El mundo parpadea lleno de luz ante sus ojos, como cuando el médico acudía a verlo al hospital y le iluminaba los ojos con una linterna. Todo se vuelve blanco de nuevo cuando el ca?ón se calienta una vez más. Y luego todo se oscurece. Tiene dos pozos de sangre en el pecho. Adrian contempla cómo el mundo se desvanece con el único ojo por el que todavía ve.

Observa a Katie, a su amada Katie, a la que tanto ha amado durante todos esos a?os. La ve salir de la habitación, desnuda y hermosa. Jamás se la ofrecería a Cooper, jamás. Cooper se levanta y se acerca a ella.

Y las últimas palabras que oye Adrian son las que Cooper le dice a Katie.

—Hay algo que debería contarte —dice mientras le da la espalda a Adrian y levanta el arma hacia Katie—, porque hasta ahora no he sido completamente sincero contigo.

Y luego Adrian se ve a sí mismo en el porche, ya es un anciano y está contemplando el amanecer junto a Katie, Cooper ya no forma parte de sus vidas, el amanecer empieza a desvanecerse, a convertirse en noche, la mano de Adrian sobre la de ella, la oscuridad es completa y todo termina.





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