El coleccionista



Hace mucho calor, no tanto como hace un rato, por la ma?ana, cuando Adrian le ha prendido fuego a su madre, pero sigue haciendo más calor del que le gustaría. La gente se queja del calor. Su mamá también se ha quejado. Se ha quejado y ha chillado hasta que las llamas de colorines le han pegado la lengua al paladar y ya no ha podido seguir gritando. A la gente le gusta ir por ahí quejándose de que hace demasiado calor, es la misma gente que hace seis meses iba por ahí quejándose de que hacía demasiado frío. Y es que la gente nunca está contenta. A Adrian no le gusta el calor, pero tampoco va montando el número por eso. Sabe que solo tiene que procurar quedarse en la sombra y beber mucha agua. Para que no le salga un cáncer en la piel, ni envejezca rápidamente ni le aparezcan manchas. La idea de que le pueda pasar algo de todo eso no le hace ninguna gracia. Cuando tiene demasiado calor empieza a sudar, la ropa se le pega al cuerpo y le pica todo y odia el picor, porque no es un picor que pueda quitarse de encima. Se va moviendo a medida que se rasca y se ve obligado a rascarse con las u?as mal mordidas y acaba ara?ándose la piel y sangrando.

No sabe cómo funciona la radio del coche, por lo que no puede oír la temperatura en las noticias. Ojalá pudiera. Le encanta escuchar música, cualquier tipo de música mientras no sea heavy metal, porque se deja la garganta intentando cantar las letras; ni hip-hop, aún peor. Durante veinte a?os no había oído ni una sola canción, había sido una vida sin música, tan solo los tristes y solitarios tarareos de algunos de los tipos con los que vivía. Cuando la música volvió a su vida, se dio cuenta de que no la entendía. Era como si hubieran cambiado todas las reglas. Incluso los discos y las cintas habían sido sustituidos por canciones que se escuchaban en el ordenador. él apenas sabía qué era un ordenador, ya no digamos cómo funcionaban. Había escuchado los nuevos estilos y se había adaptado a ellos y ahora le fastidia no poder escuchar música. Su preferida es la música clásica, aunque cuando era peque?o no le gustaba. Solía repartir periódicos y el dinero que ganaba lo gastaba en cintas de casete. Los coleccionaba. Le gustaban los grupos de música y los cantantes solistas, pero no tanto las cantantes. Cada semana se gastaba la paga en otro casete y poco a poco fue construyendo su propia biblioteca musical. Todos esos grupos y artistas pertenecen al pasado y no han envejecido bien, en cambio la música clásica se mantiene igual y ahora ya no puede dormirse si no es escuchando su radiocasete.

El equipo de música del coche no es lo único que no funciona. A falta de aire acondicionado, tiene que llevar la ventanilla bajada. No tiene carnet de conducir y no está seguro de que pudiera aprobar el examen si lo intentara. Con solo pensarlo ya se pone nervioso. Podría memorizar todas y cada una de las palabras del manual, saber si es el coche azul o el rojo el que tiene preferencia en cada uno de los peque?os diagramas, cuándo se considera que los neumáticos empiezan a estar lisos y cuánto alcohol puedes llevar en sangre mientras conduces, pero si se sentara frente a un examinador y este lo observara mientras intentara completar el examen, sería como si viniera un mago e hiciera desaparecer todas las respuestas de su cabeza. Sería todavía peor tratar de pasar la parte práctica, la parte en la que tendría que conducir por la ciudad con alguien al lado juzgando hasta la última de sus maniobras. Sabe que solo conseguiría recorrer unos centenares de metros antes de acabar vomitando. No, no necesita tener carnet a menos que lo parara algún poli, y no hay ningún motivo para que eso ocurra. Conduce con cuidado y el cuerpo que lleva en el maletero no hace ruido. Eso sí, le gustaría que funcionase el aire acondicionado. No está seguro de si la culpa es suya o del coche. El coche tiene al menos diez a?os, sin duda es normal que algo le falle. Igual que la radio.