Los Hijos de Anansi

Los Hijos de Anansi by Neil Gaiman

 

 

 

Ya sabes lo que pasa, coges un libro, lo abres por la dedicatoria, y descubres que, una vez más, el autor le ha dedicado el libro a otro que no eres tú. Esta vez no. Porque todavía no nos conocemos.

 

Nos conocemos de vista estamos locos el uno por el otro no nos vemos desde hace tiempo / estamos de algún modo emparentados / nunca llegaremos a conocernos, pero a pesar de ello, espero, pensaremos siempre con cari?o el uno en el otro...

 

éste es para ti. Con lo que tú ya sabes y por lo que probablemente ya sabes.

 

 

 

 

 

NOTA DEL AUTOR

 

 

El autor quisiera aprovechar esta ocasión para llevarse la mano al sombrero y saludar respetuosamente a los fantasmas de Zora Neale Hurston, Thorne Smith, P.G. Woodehouse y Frederick Tex Avery.

 

 

 

 

 

Capítulo Primero

 

 

En el que se habla, sobre todo, de nombres y de lazos de familia

 

Esta historia comienza, como casi todas las cosas, con una canción.

 

Al principio sólo existían las palabras, y llegaron acompa?adas de una melodía. Así es como se creó el mundo, como la nada fue dividida, como la tierra y el firmamento y los sue?os, los dioses menores y los animales, todos ellos, tomaron forma corpórea.

 

Fueron cantados.

 

Los grandes animales cobraron vida también al ser cantados, una vez que el Cantante hubo creado los planetas, los montes, los árboles, los océanos y los animales más peque?os. Fueron cantados los abismos en los confines del mundo, y los paraísos, y también las tinieblas.

 

Las canciones permanecen. Perduran. Una canción puede convertir en bufón a un emperador o derrocar dinastías. Seguirá viva mucho tiempo después de que los hechos que narra y sus protagonistas se hayan transformado en polvo y sue?os, condenados al olvido. Tal es el poder de una canción.

 

Pero las canciones tienen, además, otras utilidades. No sirven sólo para crear mundos o recrear la existencia. El padre de Gordo Charlie Nancy, por ejemplo, se iba a servir de ellas en aquel momento para pasar lo que él esperaba y deseaba que fuera una maravillosa velada fuera de casa.

 

Antes de que el padre de Gordo Charlie entrara en el bar, el barman tenía la impresión de que aquella noche de karaoke iba a ser un completo fracaso, pero, entonces, aquel tipo bajito entró muy ufano en el local y pasó por delante de la mesa de un grupo de mujeres rubias, quemadas por el sol y sonrientes, típicas turistas, que estaban sentadas junto al peque?o escenario improvisado en un rincón. Se tocó el sombrero a modo de saludo —llevaba un sombrero fedora, impecable, de fieltro verde con ala curvada, y guantes amarillo limón— y luego se acercó a la mesa. Las chicas le recibieron con una risita tonta.

 

—?Se divierten, se?oras? —preguntó.

 

Ellas siguieron riendo y le respondieron que sí, que lo estaban pasando muy bien, gracias, y que estaban allí de vacaciones. él les dijo: ?La cosa se va a poner aún mejor, esperen a ver?.

 

El tipo era mayor que ellas, bastante mayor, pero era la gracia personificada, parecía sacado de otra época en que la cortesía y los buenos modales todavía significaban algo. El barman se relajó. Con alguien así en el bar, la noche se daría bien.

 

Hubo karaoke. La gente bailó. El hombrecillo salió a cantar, subió al improvisado escenario, y no una vez, sino dos. Tenía una bonita voz, y una sonrisa aún más espléndida, y sus zapatos relucían al bailar. La primera vez que subió al escenario, cantó What's New Pussycat? La segunda vez que subió, le arruinó la vida a Gordo Charlie.

 

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