Temerario I - El Dragón de Su Majestad

El se?or Colquhoun de Glasgow ha sugerido que hay que achacarle el mérito del éxito al tama?o desproporcionado de las bolsas de aire del Cobre Ligero, en relación con su conformación, y lo cierto es que los Cobres Regios comparten este rasgo con sus antecesores. Los estudios anatómicos del se?or Cuvier sugieren que la gran masa del Cobre Regio haría expulsar con violencia el aire de sus pulmones, que sepamos, si no fuera soportado por éstos y por su sorprendentemente delicado esqueleto […].

 

No hay ninguna especie pirogénica en las islas Británicas, a pesar de los repetidos intentos por parte de nuestros criadores en introducir este rasgo tan valioso y tan letal para nuestra flota en los casos del Flamme—de—Gloire francés y el Flecha de Fuego espa?ol; la raza del Lanzador de ácido es notable por su capacidad para producir un veneno capaz de paralizar a su presa. Aunque el Lanzador en sí mismo es demasiado peque?o y posee poca capacidad de vuelo para tener valor como animal de combate, al cruzarlo con el Honneur—d'Or, por su tama?o, o con el Ala de Hierro ruso, otra especie venenosa, alcanza varios valores interesantes: mejor capacidad de vuelo, tama?o medio y un veneno más potente.

 

La crianza entre la misma especie, con intervenciones frecuentes de sus razas parentales, culminó en el éxito de la obtención del primer dragón que puede llamarse Largario con propiedad, durante el reinado de Enrique VII En esta raza, el veneno era tan potente que realmente el nombre que le correspondía mejor era el de ácido y de una fuerza tal que podía lanzarse no sólo contra otras bestias, sino también contra objetivos situados en tierra. Las únicas otras razas claramente vitriólicas conocidas hasta ahora son una raza inca, la Copacati, y el Ka—Riu de Japón.

 

Desafortunadamente, los Largarios se identifican de inmediato en el campo de batalla y resultan casi imposibles de ocultar debido a las proporciones tan poco usuales a las cuales deben su nombre; aunque rara vez superan los dieciocho metros de largo, no es infrecuente encontrar ejemplares con una envergadura de ala de treinta y siete metros y el color de las mismas es particularmente chillón, yendo del azul al naranja, con vividas estrías blancas y negras en sus bordes. Tienen los ojos del mismo color naranja amarillento de su progenitor, el Lanzador de ácido, y son excepcionalmente buenos. A pesar de que al principio la raza se consideró de trato difícil e incluso se planteó en algún momento su destrucción, al considerárseles demasiado peligrosos para dejarlos sin arnés, durante el reinado de Isabel I se introdujeron nuevos métodos para la creación de arneses, que se desarrollaron a la vez que se aseguró la domesticación general de la especie y fueron un instrumento esencial en la destrucción de la Armada […].

 

 

 

 

 

Capítulo VII

 

 

Comparación de las especies orientales y occidentales — Antigüedad de las especies orientales — Razas nativas conocidas de los Imperios chino y japonés — Características distintivas del Imperial — Nota sobre el Celestial.

 

[…] Los secretos del programa de cría del Imperial se guardan con tanto celo como los tesoros nacionales. Sin duda lo son, y se transmiten exclusivamente de forma oral entre gente de confianza y a través de documentos codificados con cifrados muy bien protegidos. Es muy poco lo que se sabe en Occidente sobre estas razas y lo cierto es que apenas ha trascendido nada fuera de los límites de la capital imperial.

 

Algunas observaciones por parte de los viajeros han permitido reunir apenas un pu?ado de detalles incompletos; sabemos que las razas Imperial y Celestial se distinguen por el número de garras en sus zarpas, cinco, mientras que casi todo el resto de razas de dragones suelen tener cuatro; del mismo modo, sus alas tienen seis nervaduras, a diferencia de las cinco habituales en otras especies asiáticas. En Oriente, a estas razas se les supone una inteligencia claramente superior y retienen en la madurez esa destacable facilidad de memoria y desempe?o lingüístico que los dragones suelen perder de forma temprana en sus vidas.

 

Tenemos un testigo reciente de la veracidad de esta aseveración, además de fiable: el se?or conde de la Perouse se encontró con un dragón Imperial en la corte coreana, a la que se le había concedido a veces el privilegio de un huevo de Imperial, debido a sus estrechas relaciones con la corte china. Al ser el primer francés presente en la corte coreana en tiempos recientes, se le pidió que le impartiera algunas lecciones de su lengua, y según contó luego, el dragón, a pesar de ser ya adulto cuando llegó el momento de su partida, fue perfectamente capaz de mantener una conversación, apenas un mes después, un logro digno de alabanza incluso para el más dotado lingüista […].

 

Las escasas ilustraciones obtenidas en Occidente nos permiten deducir una estrecha relación existente entre los Celestiales y los Imperiales, aunque se sabe muy poco más de ellos. El ?viento divino?, la habilidad más misteriosa de los dragones, nos resulta conocida sólo por referencias vagas, lo que nos ha hecho creer que los Celestiales son capaces de producir terremotos o tormentas o incluso arrasar una ciudad hasta los cimientos. Es evidente que los efectos han sido claramente exagerados, aunque hay un respeto considerable en la práctica por esta habilidad entre las naciones orientales, lo cual hace necesario tomar con precaución cualquier concepción clara de este don como pura fantasía […].

 

FIN

 

 

 

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