Temerario I - El Dragón de Su Majestad

Maximus rugió con furia, se desenganchó de las garras del Grand Chevalier y lanzó un ataque desesperado contra el segundo transporte cuando éste comenzaba a descender. Actuó sin preparación ni maniobras previas, simplemente volando hacia abajo. Dos dragones más peque?os intentaron cortarle el paso, pero él se había lanzado en picado con todo su empe?o y, aunque al pasar recibió algunos embates de sus garras y dientes, los apartó a un lado por pura fuerza. Uno sólo recibió un golpe de refilón, pero el otro, un Honneur—d'Or a rayas rojas y azules, se estrelló contra los acantilados y una de las alas le quedó inutilizada. Intentó aferrarse con desesperación a la irregular pared de piedra, levantando rocas y nubes de polvo a su alrededor en el intento de sujetarse y subir hasta alcanzar terreno firme.

 

Una fragata ligera de veinticuatro ca?ones y poco calado se había atrevido a permanecer cerca de la costa. Ahora aprovechó la circunstancia y disparó una doble andanada con todos sus ca?ones de una banda, que sonaron como un trueno, antes de que el dragón consiguiera asirse al borde del acantilado. Los gritos del dragón francés sólo se oyeron una vez por encima del fragor del combate; luego, cayó deshecho. El despiadado oleaje empujó los cadáveres del animal y de su tripulación contra las rocas.

 

Alzándose por encima de todos, Maximus había aterrizado sobre el segundo transporte y daba fuertes tirones a las cadenas que lo sostenían. El peso a?adido era excesivo para que los dragones de tiro pudieran aguantarlo, pero lucharon con denuedo. Realizaron un gran esfuerzo coordinado, gracias al cual lograron mantener el transporte sobre el borde del acantilado hasta que al fin se rompieron las sujeciones. El casco de madera se desplomó desde de unos siete metros de altura y estalló contra el suelo como si fuera un huevo a causa del impacto. Hombres y armas de fuego salieron despedidos por todos lados, pero como la caída no había sido demasiado fuerte, los supervivientes se incorporaron casi al momento y se vieron a salvo, detrás de las posiciones francesas ya consolidadas.

 

Maximus, por su parte, había aterrizado pesadamente detrás de las líneas británicas. Los costados le humeaban en el aire frío, sangraba con profusión por más de una docena de heridas, y las alas le colgaban hasta el suelo. Se esforzó por volver a batirlas en un infructuoso intento de despegar, y cayó sobre la grupa con todas las extremidades temblorosas.

 

Los franceses tenían ya en tierra tres o cuatro mil hombres y cinco ca?ones; las tropas británicas contaban con veinte mil efectivos, pero en su mayor parte eran milicianos poco dispuestos a atacar de frente con todos esos dragones pululando en el alto; muchos intentaban huir ya en aquellos momentos. Si el comandante francés tenía una pizca de sentido común, esperaría a que llegaran tres o cuatro transportes más a lo sumo antes de lanzar una carga. Si sus soldados sobrepasaban los emplazamientos de los ca?ones enemigos, podrían volver la artillería contra los dragones británicos, lo cual permitiría el acceso de los demás transportes de forma definitiva.

 

—Laurence —dijo Temerario, volviéndose hacia él—. Hay dos más de esos navíos a punto de aterrizar.

 

—Sí —contestó el interpelado en voz baja—. Debemos intentar detenerlos; la batalla en tierra estará perdida si aterrizan.

 

Temerario se quedó callado un momento, mientras cambiaba su itinerario de vuelo en un ángulo que le permitiera situarse delante del transporte más adelantado; entonces, preguntó:

 

—Laurence, ?no podemos ganar, verdad?

 

Los dos vigías delanteros, unos alféreces muy jóvenes, también estaban a la escucha, así que Laurence tuvo que hablar tanto para él como para ellos.

 

—Quizá no de manera definitiva —contestó—, pero seguramente podemos hacer lo suficiente para ayudar a proteger Inglaterra. La milicia los podrá contener durante cierto tiempo si los obligamos a aterrizar de uno en uno o en peores posiciones.

 

Temerario asintió, pero Laurence creyó que había captado lo que él no había expresado con palabras: que la batalla estaba perdida, y que incluso aquello no pasaba de ser una maniobra simbólica.

 

—Y aun así, hemos de intentarlo o estaríamos dejando a nuestros amigos luchando a solas —replicó Temerario—. Creo que te referías a esto cuando hablabas de ?deber? durante todo este tiempo; ahora lo entiendo, en su mayor parte al menos.

 

—Sí —reconoció Laurence, con la garganta dolorida.

 

Habían adelantado a los transportes y ahora sobrevolaban tierra firme. Allí abajo, la milicia parecía un borroso mar carmesí. Temerario dio la vuelta para recibir de frente al primero de los transportes; apenas hubo tiempo suficiente de que Laurence pusiera su mano en el cuello de Temerario en signo de silenciosa compenetración.

 

La visión de la costa había insuflado coraje a los dragones franceses, tanto que habían aumentado su velocidad. Dos Pécheur lideraban el transporte. Eran aproximadamente del mismo tama?o que Temerario y seguían ilesos. Laurence confió a su dragón la decisión de elegir el rival y recargó sus pistolas.

 

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