Legendborn (Legendborn #1)

?Vete?.

La palabra toma forma en mi cerebro como si acabara de tener una idea. La orden se me graba detrás de los ojos y resuena como una campana en lo más profundo de mi pecho hasta ser lo único que oigo. Me inunda la boca y la nariz de olores vertiginosos, un poco de humo y un rastro de canela. La necesidad de irme me satura hasta que me pesa tanto que se me cierran los párpados.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, ya me he dado la vuelta hacia el aparcamiento. Cuando vuelvo a respirar, he empezado a alejarme.





2

?Vete?. ?Ahora?.

Lo hago. Me voy.

Es lo correcto. Es lo mejor.

A mi lado, Dustin también se va.

—Tengo que irme. —Sacude la cabeza como si no comprendiera por qué no se ha marchado antes de la fiesta.

Asiento sin ser consciente. Tor nos ha dicho que nos vayamos y tenemos que hacer lo que dice. Llegamos al camino de grava y estamos a solo unos minutos a pie del aparcamiento, entre los árboles.

Tropiezo con una rama, me tambaleo hacia un lado y me apoyo en el tronco de un árbol. La corteza irregular del pino se me clava en las palmas y el repentino y punzante dolor en las manos, ya ara?adas, atraviesa la niebla del ?vete? y el persistente sabor del ?ahora?, hasta que ambas palabras se disipan. En lugar de aplastarme como antes, la orden revolotea como un mosquito alrededor de mi cráneo.

Dustin se ha ido ya.

Trago oxígeno hasta que recupero el control de mis pensamientos y el dominio de mi cuerpo. Hasta que siento cómo la camiseta de algodón húmeda de sudor se me pega a la espalda y el pecho.

Los recuerdos ascienden como burbujas en aceite, lentos y perezosos, y explotan a todo color.

Selwyn. Su cara de aburrimiento. Su boca derramando palabras en la noche como un viento frío que barrió mi intención de quedarme y la sustituyó con la orden de que me fuera. Su voluntad atrapó el recuerdo de la criatura voladora y lo redujo a un montón de polvo e imágenes fracturadas que después reordenó en algo nuevo, un espacio en blanco corriente encima de la hoguera, sin ninguna criatura a la vista. Sin embargo, el nuevo recuerdo no me parece correcto; es una capa fina y endeble creada a partir de humo plateado, debajo de la cual se esconde la verdad, visible y concreta.

?Nos ha dado recuerdos falsos a los dos, pero ahora recuerdo la verdad. Es imposible…?.

Una voz hace que me esconda detrás de un árbol.

—Solo quedan estos cuatro. Los demás ya están en el aparcamiento. —Es Tor, la chica rubia que le gritaba a todo el mundo—. ?Te importa darte prisa? Tengo una cita con Sar. Copas en el Tap Rail.

—Sar lo entenderá si llegas tarde. —Ese es Selwyn—. Este era casi corpóreo. He tenido que borrarles los recuerdos a los dos últimos, por si acaso.

Ahogo un grito. Los dos siguen allí, en el claro, a seis metros de distancia. Hagan lo que hagan, trabajan juntos. Tor y Selwyn se distinguen bien entre los árboles; rodean la hoguera y miran hacia arriba. La forma verde y turbia sigue en el cielo y parpadea. Los cuatro jugadores de fútbol borrachos deben de ir como cubas, porque no habían parado a respirar hasta ahora. Se sientan, con el pecho hinchado, las caras ensangrentadas y las expresiones desorientadas. Uno intenta levantarse, pero Selwyn llega a su lado en un abrir y cerrar de ojos. Su mano cae como un yunque en el hombro del chico, mucho más grande que él, y lo obliga a retroceder con tanta fuerza y rapidez que oigo cómo las rodillas crujen al tocar la tierra. El chico grita de dolor y cae hacia delante sobre las manos mientras ahogo un grito.

—?Tío! —protesta.

—Cállate —dice Selwyn. El estudiante herido se retuerce bajo su agarre, pero lo sujeta sin esfuerzo y sin siquiera mirarlo. No ha apartado los ojos de la cosa parpadeante que flota sobre sus cabezas. Tras varias respiraciones dolorosas, el chico suelta un gemido bajo—. Los demás, poneos aquí con él. —Los otros tres intercambian miradas en un debate silencioso—. ?Ahora! —ladra y se apresuran a arrastrarse sobre manos y rodillas para sentarse junto a su amigo herido.

En ese segundo, me doy cuenta de que tengo que tomar una decisión. Puedo buscar a Alice y Charlotte. Alice estará muy preocupada. O irme, como me dijo Selwyn. Volver a levantar el muro, esta vez contra lo que sea que ocurre aquí, con unos chicos que no conozco de una universidad a la que acabo de llegar.

Contener la curiosidad, como a la Bree de después y el dolor. O

quedarme. Si no es un truco de la pena, entonces ?qué es? El sudor me cae por la frente y hace que me piquen los ojos. Me muerdo el labio y sopeso mis opciones.

—En cuanto me libre de ellos, va a desbocarse —advierte Selwyn.

—?No me digas? —responde Tor con sequedad.

—Deja el sarcasmo para luego y ahora céntrate en la caza.

?Caza? La respiración se me acelera.

—Dijo la sartén al cazo —bufa Tor, pero extiende la mano por encima del hombro para agarrar algo que no veo.

Todas las opciones se evaporan cuando un humo plateado aparece de la nada. Se retuerce y se aglutina alrededor de Selwyn como un ser vivo, le envuelve los brazos y el pecho y le difumina el cuerpo. Los ojos de color ámbar le brillan, como dos soles, y las puntas del cabello oscuro se le enroscan hacia arriba, coronadas por unas brillantes llamas azules y blancas. Flexiona y contorsiona los dedos de la mano libre, como si tiraran y agitaran el aire. Parece imposible, pero es incluso más aterrador y atractivo que antes.

El humo plateado se materializa y rodea a los chicos. Ni siquiera parpadean, porque no lo ven, pero yo sí. Y también Selwyn y Tor.

Tor da un paso atrás y por fin veo lo que sostiene, una varilla de metal oscuro curvada. La chasquea hacia abajo y se extiende en un arco. Un pu?etero arco.

Al ver el arma, los tensos jugadores de fútbol gritan y se dispersan como cangrejos.

Tor los ignora y tira con fuerza para sacar una cuerda de un extremo del arco de plata. Encuerda el arma con dedos hábiles.

Comprueba la tensión. La chica que me había parecido remilgada saca una flecha de un carcaj oculto entre los omóplatos y la coloca sin mirar. Toma aire y, con un poderoso movimiento, levanta el arco y se lleva la flecha a la oreja.

Uno de los jugadores se?ala con un dedo tembloroso.

—?Qué…?

—?Dónde la quieres? —pregunta Tor, como si el chico no hubiera abierto la boca. Los músculos se tensan en el bíceps de su antebrazo.

Selwyn inclina la cabeza y evalúa a la criatura.

—En el ala.

Tor apunta; la cuerda se tensa.

—A tu se?al.

Un latido.

—?Ahora!

Pasan tres cosas en una rápida sucesión.

La flecha de Tor cruza el aire.

Selwyn se vuelve hacia los estudiantes, con los brazos extendidos mientras murmura palabras que no oigo.

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