Legendborn (Legendborn #1)

Incluso escondí sus adornos. Cualquier rastro de su existencia me dolía, así que, cuando llegó el momento de mudarme a Chapel Hill, hice las maletas con poco equipaje. Solo he traído unas cuantas cajas de plástico con libros y material escolar, una maleta con ropa, mis zapatillas favoritas, el portátil, el móvil y un neceser.

Después de esta noche, todo me parece una farsa de otro mundo donde la magia no existe.

La magia existe.

Tres conceptos más se suman a ese pensamiento. Merlín. Mago del rey. Legendborn.

No espero conciliar el sue?o, pero me meto en la cama de todos modos mientras las enso?aciones infantiles chocan con la realidad infernal que he presenciado esta noche. Cuando era peque?a, me encantaba la idea de la magia, del tipo que aparece en Percy Jackson y Embrujadas. A veces, la magia era una herramienta que hacía la vida más fácil. Algo que hacía posible lo imposible.

Sin embargo, la magia de verdad incluye criaturas que se alimentan de humanos. Una vocecita dentro de mí piensa que, si cazan a esas criaturas, los legendborn tienen que ser buenos.

Tienen que serlo. No obstante, cuando la noche da paso a la madrugada, esa voz se calla. Cuando me duermo, varios ecos me resuenan en los oídos; el agudo grito de dolor de aquel chico cuando Sel lo obligó a arrodillarse, el balbuceo de Dustin mientras caminaba hacia el aparcamiento y el grito del isel cuando Sel lo destruyó.





4

La voz de Alice me despierta.

—?Qué pasa? —gimoteo. El sue?o amenaza con reclamarme de nuevo y no quiero resistirme.

—?Levántate! —Alice está vestida y me mira con los brazos cruzados y una cadera levantada—. Nos han llamado del despacho del decano. ?Quiere vernos en quince minutos!

El corazón se me encoge en el pecho y los pensamientos vuelan. Selwyn. La criatura. El trayecto a casa con Norris. La magia.

Todo fue real. Un segundo, ?el decano también lo sabe? ?Está confabulado con Selwyn y Tor, como la policía? Trago saliva en una oleada de pánico.

—?Por qué?

Me mira impasible.

—?Tú qué crees?

Tardo un largo minuto en darme cuenta de a qué se refiere. La expulsión. Nuestra expulsión. En un solo movimiento, me levanto y salgo de la cama. Alice pivota sobre un tacón y sale por la puerta, con una expresión que es una mezcla de ira y aprensión.

—Me voy ya. No llegues tarde.

La puerta se cierra de golpe.

Busco el móvil apresurada y encuentro un mensaje grupal de Charlotte de anoche.

Joder, joder, joder. Lo siento ???muchísimo!!! La poli nunca ha venido a las fiestas de la cantera, escríbeme cuando recibas esto.

Lo ignoro.

También tengo una llamada perdida y un mensaje de voz de un número que no reconozco con un código de zona del condado de Orange y el prefijo de la universidad. La llamada del despacho del decano.

Busco ropa limpia a toda prisa. Unos minutos más tarde, salgo por la puerta, recorro el pasillo y bajo las escaleras de la residencia de dos en dos. Empujo la barra de la puerta de salida y desciendo a trompicones los escalones de piedra del edificio de ladrillo.

A la derecha, los estudiantes forman una larga cola sobre el suelo de ladrillos rojos que rodean el Viejo Pozo. Esperan para dar un sorbo y, quizá, conseguir un poco de buena suerte en el primer día de clase. Más allá, los terrenos están salpicados de árboles centenarios, arbustos bajos y una estatua confederada orientada al norte.

Cruzo la calle y troto entre el edificio sur y el antiguo teatro Playmakers. En cuanto paso los dos, me encuentro con una pintoresca vista de Polk Place, la plaza principal de la universidad, y siento que el campus de más de doscientos acres me devuelve la mirada.

Los edificios académicos delimitan los cuatro lados del césped rectangular, conectados por una extensa red de pasarelas que atraviesan la hierba y se cruzan unas con otras como celosías de ladrillo rojo. Un centenar de estudiantes que bostezan adormilados se mueven por la plaza como pájaros en una migración dispersa.

Algunos recorren el campus de memoria, con la cabeza inclinada sobre el teléfono. Otros van en parejas o en grupos y avanzan por los terrenos hacia el comedor para desayunar antes de que den las ocho. Las nubes matutinas de verano ti?en el cielo de grises apagados y las hojas de verdes intensos.

No es más que una décima parte del recinto, pero sigue siendo todo lo que he visto del campus. Tardo un minuto en orientarme.

Hojeo el mapa en el móvil y me dirijo al trote entre la niebla baja y la hierba empapada de rocío hacia el edificio de Servicios Académicos y Atención al Estudiante.

Me vienen a la mente imágenes de la noche anterior en oleadas oscuras y confusas. Quiero contarle a Alice lo que presencié, pero ?me creerá si le digo que vi a un chico de ojos dorados usar magia para hipnotizar a unos alumnos y a una chica con un arco y flechas en su bolsillo trasero? ?Y qué pasa con el policía que casi seguro que sabe la verdad y ayuda a mantenerla en secreto? Quizá incluso con todo el departamento del sheriff. Alice no vio al isel, pero sí a Selwyn despachando a Norris.

Tal vez esté de acuerdo en que no fue un encuentro típico entre un agente de policía y un adolescente, pero ?querrá cruzar conmigo de las orillas de lo ?poco habitual? al amplio y desconocido mundo de lo absolutamente aterrador?



*

—Se?orita Matthews, se?orita Chen, por favor, siéntense.

El decano McKinnon tiene pinta de antiguo jugador de fútbol americano; los hombros anchos le tensan las costuras de la camisa azul de rayas. Agradezco que nos ofrezca asiento y lo acepto sin demora. Le saco al menos dos centímetros de altura, incluso con deportivas y sin tener en cuenta el pelo que llevo recogido hacia arriba. A los hombres mayores les suele incomodar que nuestras miradas se encuentren a la misma altura.

A veces me gustaría tener la capacidad de encogerme en un molde más conveniente.

Rodea la mesa en dos zancadas hasta su silla. El sol proyecta una amplia franja de luz por la ventana del despacho, que se refleja en blanco, azul y dorado en la placa de plata que hay torcida en el borde delantero de la mesa de caoba. Abre un archivo en el ordenador y lo hojea mientras esperamos. Lleva el pelo rapado a la altura de las sienes y encanecido, pero parece un descolorido prematuro. Como si trabajar con miles de estudiantes lo hubiera envejecido de golpe. Es probable. Y yo soy una de ellos.

A mi lado, Alice permanece inmóvil en el asiento. En cambio, a mí la rodilla me rebota por los nervios. He recitado mentalmente un discurso para suplicar que no nos echen desde que he subido en ascensor al segundo piso del edificio. No pienso volver a Bentonville. Y menos después de lo de anoche.

El decano abre la boca para hablar, pero me adelanto.

—Se?or McKinnon…

—Doctor McKinnon, se?orita Matthews. —Su voz es tan severa que me olvido del discurso ensayado por un instante. Entrelaza los dedos—. O decano McKinnon. Me he ganado mis títulos.

Alice se remueve incómoda en la silla y aprieta los labios en una fina línea.

—Por supuesto. —Oigo cómo mi voz se desliza hacia un tono y un acento similares a los del decano—. Decano McKinnon. En primer lugar, me gustaría que supiera que fue idea mía salir del campus anoche, no de Alice…

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