La bella de la bestia

—Gytha —le besó la frente y la abrazó con fuerza—. Eres tan bella y tan perfecta…


—?Perfecta? —lo miró de reojo, con escepticismo—. ?Perfecta? ?Ya! ?Crees que una esposa perfecta se niega a salir a saludar a su marido cuando éste regresa después de haber estado meses guerreando? ?Acaso lo deja cenar solo? Lo hice por puro rencor. Una buena esposa no se comporta de esa manera. Quería que te preocuparas por mi enfado, deseaba herirte en tu orgullo.

—Ya lo sé. Y eso fue lo que hiciste —contestó Thayer con perfecta calma.

—Eres de lo más indulgente.

—No, no lo soy. Estuve a punto de ir a buscarte y arrastrarte hasta el salón, pero pensé que con eso sólo lograría que te pusieras todavía más furiosa conmigo.

—Sí —Gytha sonrió y se acurrucó más cerca de su marido—. Me habría enfurecido aún más.

—Entonces hiciste bien en bajar al salón cuando lo hiciste; yo estaba de pie porque me disponía a ir a buscarte —sonrió cuando ella se rió suavemente, y le pasó los dedos por los hermosos cabellos, disfrutando con la sensación sedosa que le producían—. Entonces no eres perfecta, excepto a mis ojos. No, en serio —continuó él cuando Gytha emitió un sonido burlón—. Con defectos y todo, me pareces perfecta. Tú eres pura, Gytha: sin sombras, sin mentiras, sin dobleces ni esquinas traicioneras. No tienes más sinuosidades que las que están a la vista, y ésas me gustan.

—?Tratas de decirme que yo soy la culpable de que no hayas sido capaz de entender todo lo que he tratado de decirte, tanto en silencio como de otras maneras?

—No, cari?o. En realidad, temía enga?arme al escuchar lo que yo quería oír, ver lo que no existía. Me obligué a mí mismo a aceptar sólo lo que no podía ser cuestionado, lo que no necesitaba comprobación, de tan evidente que era. Como la pasión que compartimos. Podía ver claramente la verdad que encierra, podía sentirla. Por más que me sorprendiera, sabía que era un hecho: entre nosotros había pasión. Pero el amor era otra cuestión —hizo una mueca al bajar la mirada hacia ella—. ?Estoy siendo claro o resultan confusas mis explicaciones?

—Muy claro —le dio un beso en la mejilla—. Te entiendo a la perfección. Estabas siendo cauteloso. Habías aprendido a recelar.

—Es cierto, pero fue injusto tratarte con tal desconfianza.

—Tal vez, pero también es cierto que no es inteligente hacer caso omiso de una lección que se ha aprendido bien.

Thayer se encogió de hombros y le acarició el brazo.

—Eres tan hermosa… —la escuchó chasquear la lengua, fastidiada, y entonces le sonrió—. No puedes decirme que no eres hermosa.

—Sería pura vanidad.

—No hay pecado en reconocer la verdad.

Gytha se enderezó y examinó el rostro de su marido.

—La verdad de las cosas no es la misma para todos, es como cada uno la ve. Desde que tengo uso de razón, he oído decir que soy hermosa. Todas las personas que he conocido lo creen, así que supongo que debe de ser verdad. Pero yo sólo me veo a mí, a Gytha, veo carne, hueso y pelo que Dios parece haber acomodado de tal manera que complace al ojo humano… por ahora. A mi ojo, no tanto. Además, la edad puede acabar con la belleza. La enfermedad puede menguarla. Tantas cosas pueden ponerle fin. Sería una pena poner todas mis esperanzas y mi fe en ella. Existen muchas cosas más importantes y duraderas, a las cuales debemos aferramos. Aunque me alegra saber que tengo una belleza que te complace.

—Sí, claro que me complace, aunque al principio me aterrorizó. Cuando puse los ojos sobre ti la primera vez, sentí como si una mano se hubiera introducido en mí, apretándome el corazón. Noto esa opresión en el pecho cada vez que te miro —con delicadeza, dibujó con el dedo las líneas del rostro de su mujer—. Ah, Gytha, ?acaso puedes culpar a este pobre hombre de preguntarse cómo pudo obtener semejante premio? Cada ma?ana que despierto contigo acurrucada entre mis brazos, me pregunto si estaré so?ando. Y tengo la misma sensación cuando te excitas bajo mis caricias. Siento como si, de alguna manera, el destino hubiera cometido un terrible error, y en cualquier momento pudiera venir alguien a rectificarlo, a llevarte lejos de mí.

Gytha se sintió conmovida por todas las palabras de Thayer. Sin embargo, decidió ahondar en una de las cosas que le dijo y que la sorprendió más que las otras.

—?Te daba miedo? —se sentó y lo miró con escepticismo.

—Sí —Thayer se quedó tumbado boca arriba, con un brazo alrededor de la cintura de Gytha.

—Pero si yo sólo soy una mujer… Y una mujer muy peque?a, además.

—Gytha, tú podrías herirme más profundamente con una palabra que cualquier hombre con una espada, una flecha o un mazo.