La bella de la bestia

—Ah, sí, eso es muy importante. Si no te pones en marcha, habrá una o dos personas aquí que probablemente empezarán a estar de acuerdo con su comentario, desde luego impertinente en extremo.

Puesto que a Margaret se le estaba empezando a notar que quería golpear a los dos hombres, Thayer decidió ir a buscar a Gytha. Al subir las escaleras comprobó, una vez más, que tenía la pierna incómodamente rígida, pero por primera vez no le importó. Su Gytha le había dado muchos motivos para sentirse dichoso.

Al abrir la puerta de su habitación, escuchó el llanto de la joven. Lloraba como si se le fuera a partir el corazón, y a punto estuvo de echarse a llorar él también. Cerró la puerta y caminó hacia la cama, donde ella estaba acostada boca abajo, con la cara hundida en una almohada. Le tomó la mano y le puso un pa?uelo entre los dedos. Quería abrazarla, pero después de tantos meses de privación, sospechó que no podría limitarse a consolarla durante mucho tiempo.

—Gytha… —le pasó la mano por el pelo—. Por favor, no llores más. No lo soporto. Prefiero que me insultes o que me trates como a un invitado, un extra?o, como hiciste otras veces, porque aunque me resultó insoportable, me hace menos da?o que esto.

Gytha sintió que sus suaves palabras eran sinceras, se dio la vuelta, se puso boca arriba y usó el pa?uelo para limpiarse la cara, tratando en vano de detener sus sollozos. Aunque el llanto la agotaba, también le sirvió para apaciguar la tormenta que se había desatado en su interior. Deseaba con toda su alma eliminar aquella sensación de pérdida, de fracaso.

Thayer suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—Creía que quería obtener esas recompensas por ti, pero en realidad era por mí. Yo quería esas cosas para ti, ciertamente, pero me movía el orgullo. No te dije toda la verdad, porque sabía que no querrías que luchara por tales cosas y tratarías de impedir mi marcha.

—Sí, eso habría hecho. No lo hice porque pensé que tus motivos eran la lealtad y el honor.

—Por el contrario, fue el orgullo, y poco más. Quería recuperar lo que tuve que devolverle a William. En el fondo de mi corazón sabía que no te importaba, pero a mí sí. No quería que perdieras nada por seguir casada conmigo. Eso tenía más importancia para mí que la que quería admitir. Tuve que afrontar la verdad de mis motivaciones mientras sanaba de mis heridas.

—De las cuales, por cierto, no me dijiste nada. Debiste haber mandado a buscarme. Es imperdonable.

Thayer extendió la mano y le quitó con delicadeza unos mechones de pelo de la cara.

—No. El viaje hasta allí era largo y peligroso. El pueblo y los alrededores también eran hostiles. Además, allí encontramos a una vieja muy hábil en el arte de la curación. Ella me atendió, junto con Roger. él y yo llevamos muchos a?os cuidándonos el uno al otro, tenemos bastante práctica —se dio cuenta de que ahora le estaba acariciando la cara.

Gytha sintió que había deseo latente en las caricias de su marido. Lo leyó también en sus ojos oscuros, y respondió a las se?ales.

—?Estuviste tan grave como sospecho? Pudiste mirar de cerca a la muerte y yo sin enterarme de nada. Si hubieras muerto…

—No, no estuve cerca de la muerte —le fue imposible quitarle los ojos de los senos y de las piernas torneadas, que sus desordenadas faldas dejaban al descubierto hasta la rodilla.

—Eres un mal mentiroso —cuando Thayer le acarició la pierna hasta el muslo, Gytha se estremeció y supo que tendrían que dar salida al deseo que los devoraba antes de hablar seria y razonablemente de cualquier asunto.

—Primero me llamas estúpido y ahora mentiroso —se inclinó para darle un beso en el palpitante cuello—. Gytha…

Ella suspiró, y todo su cuerpo respondió al deseo que palpitaba en la voz de su marido.

—Ya lo sé —se irritó un poco, porque sentía que estaba cediendo demasiado fácilmente, pero se consoló diciéndose que Thayer ya había explicado aceptablemente las razones que había tenido para irse a combatir a los escoceses.

Thayer se estremeció por la excitación, a pesar de que apenas había tocado a Gytha. Se incorporó un poco y sonrió pícaramente.

—?Podrías quitarte rápidamente ese vestido?

—Puedo estar lista antes de que tú lo estés.

No la sorprendió perder la carrera por desnudarse. Si había algo que Thayer podía hacer con mayor velocidad que cualquier otra persona, era quitarse la ropa, pensó, feliz mientras su ahora desnudo marido se daba la vuelta para ayudarle a quitarse las enaguas y las medias. Cuando estuvo desnuda, Thayer se dejó caer sobre ella con una ansiedad que la mujer recibió encantada, al tiempo que borraba de su mente todo pensamiento que no tuviera relación con el placer erótico.