El Código Enigma

—Un bosque, imaginado por Kafka —murmuró Rudy.

 

Para entonces, Lawrence ya había deducido que se encontraban, efectivamente, en los Pine Barrens. Pero no sabía quién era Kafka.

 

—?Un matemático? —fue su suposición.

 

—Esa idea da verdadero miedo —dijo Rudy.

 

—Es un escritor —dijo Alan—. Lawrence, no te ofendas por lo que voy a preguntarte, pero: ?reconoces los nombres de otras personas? Me refiero a gente aparte de la familia y amigos cercanos.

 

Lawrence debió adoptar una expresión de asombro.

 

—Estoy intentando descubrir si todo sale de aquí —dijo Alan mientras alargaba la mano para golpear con los nudillos la cabeza de Lawrence— o en ocasiones tomas ideas de otros seres humanos.

 

—Cuando era un ni?o, vi ángeles en una iglesia de Virginia —dijo Lawrence—, pero creo que estaban en el interior de mi cabeza.

 

—Muy bien —dijo Alan.

 

Pero, más tarde. Alan lo intentó de nuevo. Habían llegado hasta la torre de vigilancia contra incendios y había sido una tremenda decepción: únicamente una escalera alienada que no llevaba a ninguna parte, y una peque?a explanada debajo que brillaba cubierta de fragmentos de botellas de bebidas alcohólicas. Montaron la tienda a un lado de un estanque que resultó estar lleno de algas de color óxido y que se pegaban al vello del cuerpo. No había nada más que hacer salvo beber Schnapps y hablar de matemáticas.

 

Alan dijo:

 

—Mira, es así: Bertrand Russell y otro tipo llamado Whitehead escribieron Principia Mathematica…

 

—Ahora sé que te burlas de mí —dijo Waterhouse—. Incluso yo sé que sir Isaac Newton escribió ese libro.

 

—Newton escribió un libro ?diferente?, también llamado Principia Mathematica, que realmente no es sobre matemática, sino sobre lo que ?hoy? llamaríamos física.

 

—Entonces, ?por qué lo tituló Principia Mathematica}

 

—Porque en la época de Newton la distinción entre física y matemática no era extremadamente clara…

 

—O quizá incluso hoy en día —dijo Rudy.

 

—… lo que está directamente relacionado con lo que iba a decir —siguió Alan—. Hablo del P.M. de Russell, en el que él y Whitehead empezaron absolutamente de la nada, y quiero decir desde la nada, y la edificaron, toda la matemática, a partir de un número reducido de primeros principios. Y si te lo estoy contando, Lawrence, es porque… ?Lawrence! ?Presta atención!

 

—?Hmm?

 

—Rudy, coge ese palo, sí, ése, y vigila atentamente a Lawrence, y cuando ponga esa mirada perdida, ?dale un golpe!

 

—No estamos en un colegio inglés, no podemos hacer esas cosas.

 

—Estoy prestando atención —dijo Lawrence.

 

—Lo que surgió de P.M., lo extremadamente radical, fue la posibilidad de afirmar que, en realidad, toda la matemática puede expresarse como cierta ordenación de símbolos.

 

—?Leibniz lo dijo mucho tiempo antes que ellos! —protestó Rudy.

 

—Eh, Leibniz inventó la notación que usamos para el cálculo, pero…

 

—?No me refiero a eso!

 

—E inventó las matrices, pero…

 

—?Tampoco me refiero a eso!

 

—Y realizó algunos trabajos sobre aritmética binaria, pero…

 

—?Eso ess completamente diferente!

 

—Entonces, ?a qué demonios te refieres, Rudy?

 

—Leibniz inventó el alfabeto básico… escribió una serie de símbolos para expresar afirmaciones lógicas.

 

—Bien, no era consciente de que Herr Leibniz tenía la lógica formal entre sus intereses, pero…

 

—?Claro que ssí! ?Quería hacer lo que hicieron Russssell y Whitehead, pero no sólo con la matemática si no con todo lo que hay en el mundo!

 

—Bien, teniendo en cuenta que tú pareces ser el único hombre en el planeta, Rudy, que conoce esa empresa de Leibniz, podemos asumir que fracasó?

 

—Puedes asumir lo que te dé la real gana. Alan —respondió Rudy—, pero yo soy matemático y no asumo nada.

 

Alan suspiró ofendido y le dirigió a Rudy una mirada que Waterhouse asumió que indicaba que más tarde habría problemas.

 

—Si puedo en ese caso continuar —dijo—, sólo intento que estés de acuerdo en que la matemática puede expresarse como una serie de símbolos —cogió el palo que apuntaba a Lawrence y empezó a escribir sobre el suelo cosas como + = 3) V —1 TI—, y sinceramente no podría importarme menos si resultan ser símbolos de Leibniz, de Russell o los hexagramas del / Cbing…

 

—?A Leibniz le fascinaba el / Chingl —dijo Rudy.

 

—Deja de hablar de Leibniz por un momento, Rudy, porque mira: tú, Rudy, y yo vamos en un tren en el que, sentados en el vagón comedor, mantenemos una agradable conversación, y ese tren corre a gran velocidad tirado por ciertas locomotoras llamadas La Bertrand Russell, La Riemann, La Eider y otras. Y nuestro amigo Lawrence corre junto al tren, intentando mantenerse junto a nosotros. No es que necesariamente seamos más inteligentes que él sino simplemente que él es un ?granjero? que no pudo comprar un billete. Y yo, Rudy, estoy simplemente sacando los brazos por la ventanilla con la intención de tirar de él y hacerle subir al puto tren, junto a nosotros, para que podamos mantener una deliciosa charla sobre matemáticas sin tener que oír cómo se queda sin aire y pierde fuelle a mitad de camino.

 

—Vale, Alan.

 

—No me llevará más de un minuto si dejas de interrumpirme.

 

—Pero también hay una locomotora llamada La Leibniz.

 

—?Lo dices porque crees que no doy crédito suficiente a los alemanes? Porque estaba a punto de nombrar a un tipo con diéresis.

 

—Oh, ?no se tratará de Herr Türing? —dijo Rudy sardónico.

 

—Herr Türing viene después. Realmente pensaba en Gódel.

 

—?Pero no ess alemán! ?Es ausstriaco!

 

—Me temo que ahora es lo mismo, ?no?

 

—El Anschíuss no fue idea mía, y no tienes que mirarme assí. Hitler me resulta penoso.

 

—He oído hablar de Gódel —dijo Waterhouse intentado ser de ayuda—. Pero ?podríamos volver atrás un segundo?

 

—Claro, Lawrence.

 

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