Las pruebas (The Maze Runner #2)

—?Quién es ese tío?

Thomas se dio la vuelta y advirtió que Minho había vuelto y un grupo de clarianos estaba detrás de él, al otro lado de la puerta. Tenían las caras arrugadas por el hedor de fuera y sus ojos aún reflejaban el terror por lo que llenaba la sala que había justo a sus espaldas.

—Minho, este es Aris —contestó Thomas, que se apartó e hizo un gesto hacia el otro chico—. Aris, este es Minho.

Minho tartamudeó un par de palabras ininteligibles, como si no supiera por dónde empezar.

—Mira —dijo Newt—, bajemos estas dos pu?eteras camas y movámoslas por la habitación. Entonces podremos sentarnos todos y averiguar qué es lo que está pasando.

Thomas negó con la cabeza.

—No. Antes tenemos que encontrar a Teresa. Tiene que estar en otra habitación.

—No hay más —repuso Minho.

—?Qué quieres decir?

—He mirado por todas partes. Está la gran zona común. Esta habitación, nuestro dormitorio y algunas fucas puertas que llevan afuera, por donde entramos después de bajarnos del autobús ayer. Están cerradas con llave y cadenas desde el interior. No tiene sentido, pero no veo ninguna otra puerta o salida.

Thomas negó con la cabeza, confundido. Era como si millones de ara?as hubieran tejido telara?as por todo su cerebro.

—Pero… ?y ayer por la noche? ?De dónde vino la comida? ?Nadie vio otra habitación, una cocina, algo?

Miró a su alrededor, esperando una respuesta, pero nadie pronunció palabra.

—A lo mejor hay una puerta oculta —dijo al final Newt—. Mira, sólo podemos hacer una cosa a la vez. Tenemos que…

—?No! —gritó Thomas—. Tenemos todo el día para hablar con este tal Aris. La etiqueta de la puerta dice que Teresa debería estar aquí, en algún sitio. ?Tenemos que encontrarla!

Sin esperar una respuesta, se dirigió hacia la puerta de vuelta a la zona común y se abrió paso entre los chicos hasta que estuvo al otro lado. El olor le llegó enseguida como si le hubieran tirado un cubo de aguas residuales sobre la cabeza. Los cuerpos morados e hinchados colgaban como animales muertos colocados así por los cazadores para que se secaran. Aquellos ojos sin vida le miraban fijamente.

Una familiar y escalofriante sensación de repugnancia inundó su estómago y le provocó arcadas. Cerró los ojos un segundo y deseó que las tripas se le asentaran. Cuando por fin lo hicieron, empezó a buscar alguna se?al de Teresa, esforzándose para no mirar a los muertos.

Pero entonces un terrible pensamiento le vino a la cabeza. ?Y si…?

Atravesó corriendo la sala, buscando entre los rostros de los cadáveres. Ninguno era el de ella. El alivio desvaneció el momento fugaz de pánico y se concentró en aquella habitación.

Las paredes que rodeaban la zona común eran muy sencillas: yeso liso pintado de blanco, sin decoración ninguna. Y por alguna razón, no tenían ventanas. Caminó rápido por toda su circunferencia mientras pasaba la mano izquierda por la pared. Llegó a la puerta del dormitorio de los chicos, la pasó y después se dirigió a la gran entrada que habían cruzado el día anterior. Entonces había caído un fortísimo aguacero, que ahora parecía irreal, a juzgar por el sol brillante que había visto antes detrás del loco.

La entrada —o la salida— consistía en dos grandes puertas de acero, cuyas superficies eran de un reluciente tono plateado. Y justo como había dicho Minho, habían pasado una enorme cadena —con unos eslabones de más de dos centímetros de grosor— por el picaporte, bien tensada, con dos grandes candados cerrados para mayor seguridad. Thomas extendió los brazos y tiró de las cadenas con la intención de comprobar su fuerza. El metal estaba frío en sus manos y no cedía lo más mínimo.

Esperó oír unos golpes desde el otro lado, que los raros intentaran entrar tal y cómo lo hacían por las ventanas del dormitorio. Pero la habitación continuó en silencio. Los únicos sonidos estaban amortiguados y provenían de los dos dormitorios: los gritos distantes de los raros y los murmullos de la conversación de los clarianos.

Frustrado, Thomas continuó su paseo a lo largo de las paredes hasta que volvió a la habitación que se suponía que era la de Teresa. Nada, ni siquiera una grieta o una junta que indicara otra salida. Aquella amplia sala ni siquiera era cuadrada. Era un gran óvalo, redondo y sin esquinas.

Estaba totalmente perplejo. Volvió a pensar en la noche anterior, cuando todos estaban allí sentados comiendo pizza como muertos de hambre. Estaba seguro de que había visto otras puertas, una cocina o algo parecido. Pero cuanto más lo pensaba, cuanto más trataba de imaginar cómo eran las cosas, más confusas se volvían. Una alarma sonó en su cabeza: antes ya les habían manipulado los cerebros. ?Había vuelto a ocurrir? ?Les habían alterado la memoria o se la habían borrado?