Puro (Pure #1)



Están en medio de un campo en barbecho contemplando cómo se quema la granja. Cables delgados prenden como luminarias alrededor de la fachada de la casa y arrojan una luz brillante, y cada uno aviva el siguiente. A Pressia le parece que la casa es una tictac y que, en algún punto de la Cúpula, alguien ha pulsado el botón.

El fuego es eficiente y veloz. Se eleva en grandes columnas y en cenizas que suben en espiral. Las ventanas saltan en a?icos y las cortinas parecen bengalas al arder; hasta la toallita con sangre que había colgada por fuera de una ventana se ha volatilizado. El calor abrasante le recuerda a Pressia las descripciones que ha oído de las Detonaciones: sol sobre sol sobre sol.

Lyda coge con fuerza la mano de Perdiz, como si temiera que fuese a echar a correr de nuevo. ?O es él quien la agarra con fuerza con la esperanza de quedarse donde está?

Bradwell y Pressia están apoyados el uno en el otro, de cara al fuego, como una pareja a la que le hubiesen cortado la música mientras baila pero es incapaz de soltarse.

Il Capitano ha apartado el coche del porche y está con su hermano observando el fuego a través del parabrisas. Los soldados están parapetados al otro lado del vehículo para escudarse del calor. El cuerpo de Ingership se ha quedado en la casa, Il Capitano les ordenó a los soldados que lo dejasen allí. ??Un funeral sencillo!?, les ha dicho con una sonrisa en los labios, aunque Ingership nunca tendrá uno.

La única que mira hacia otra parte es la mujer de Ingership, Illia, que está de espaldas a la granja con la vista puesta en los montes remotos. Pressia contempla el perfil de su cara, cicatrizado y amoratado. La media se le ha quedado enrollada en el cuello, como un pa?uelo raído.

Aunque deberían irse, nadie puede moverse; el fuego los retiene.

El recuerdo de Pressia de ese día se difuminará; ya siente cómo en su interior se agolpan los detalles, en una lenta pérdida de hechos, de realidad.

Por fin se van extinguiendo las llamas por toda la casa, aunque lentamente. La mitad de la fachada sigue en pie, con la puerta abierta de par en par. Pressia da un par de pasos hacia el porche.

—No —quiere retenerla Bradwell.

Pero la chica echa a correr. No está segura de por qué lo hace salvo por un miedo abrumador que le hace tener la sensación de que está dejándose algo atrás, de que está perdiendo algo. ?Puede salvarse algo? Sube los escalones y se interna en el vestíbulo calcinado para luego entrar en el comedor. La ara?a se ha desprendido del techo y ha atravesado la mesa. Hay un hueco arriba y por debajo la ara?a semeja una reina caída sobre un trono ennegrecido.

La voz de Bradwell llega desde la puerta:

—Pressia, tenemos que salir de aquí.

La chica se acerca a la ara?a y toca los cristales cubiertos de ceniza. Tienen forma de lágrimas y están calientes. Gira uno hasta que lo desprende y, al hacerlo, le recuerda a cuando se coge una fruta de un árbol. ?Es que alguna vez lo hizo de peque?a? A continuación se desliza el cristal en el bolsillo.

—Pressia —le dice Bradwell con tacto—. Salgamos de aquí.

Pero ella sigue hacia la cocina, ya desmoronada, con rescoldos entre los escombros. Se vuelve y tiene de frente a Bradwell, que la coge por los hombros y le repite:

—Tenemos que irnos.

En ese momento oyen un leve roce, como el ruido de las u?as de una rata en el suelo, y ven una lucecita entre las ruinas, donde se escucha un zumbido y un runrún rasgado. Pressia se acuerda del sonido del ventilador que el abuelo tenía alojado en la garganta y, por un momento, como embriagada, desea que esté vivo y que vuelva con ella.

Abriéndose camino entre la pila más grande de escombros, justo donde el suelo se ha vencido sobre el sótano de abajo, aparece una cajita negra de metal con unos brazos robóticos y muchas ruedas. Trepa como puede con sus engranajes rechinando. De repente las luces de la parte superior parpadean con una luz débil.

—?Qué es eso? —pregunta Pressia.

—Puede que sea una caja negra, como las que construían para que sobreviviesen a los accidentes aéreos, que grababan el vuelo y todos los errores que se habían producido con el propósito de que no se repitiesen.

Las vigas crujen sobre sus cabezas. Bradwell avanza hacia el trasto del suelo, pero la caja negra retrocede.

El viento se ha levantado de nuevo.

—?Adónde querrá ir?

—Probablemente a un dispositivo de recepción, a su casa.

A su casa. Pressia sabe que la caja negra intentará volver a la Cúpula, pero eso le recuerda que ella no tiene casa, ya no.

Las vigas crepitan y suspiran. Pressia mira hacia el techo.

—Se va a venir abajo.

Bradwell se abalanza sobre la caja negra, la coge y se la pega al pecho.

Salen corriendo por la parte de atrás de la casa y saltan hacia la hierba alta para cubrirse. Caen uno al lado del otro, ambos sin aliento.

La casa cruje y las tablas gimen y se parten, mientras que las vigas se comban y, con una gran exhalación de polvo, el resto de la casa se hunde por fin.

—?Estás bien? —le pregunta Bradwell.

Pressia se pregunta si volverá a besarla. ?Así es como vivirá a partir de ahora, preguntándose si se inclinará sobre ella para besarla?

—?Y tú?

El chico asiente y le dice:

—No tenemos alternativa. Tenemos que estar bien, ?no crees?

Son supervivientes, eso es lo único que saben. Bradwell se levanta y le tiende las manos para que Pressia se agarre y se ponga en pie.

Ven a los demás en el sembrado, delante de la casa. Hace tanto frío que forman espectros en el aire con el aliento, aunque apenas se distinguen con el humo que se levanta de la casa.

Bradwell tiene la caja negra contra las costillas. Acaricia la cara de Pressia y luego la coge por la barbilla.

—Se supone que solo te quedarías con nosotros por tu propio bien, por razones egoístas. Me dijiste que tenías una.

—Y la tengo.

—?Y cuál es?

—Tú eres mi razón egoísta —le confiesa el chico.

—Dime que algún día encontraremos algo parecido a un hogar.

—Lo encontraremos. Te lo prometo.

Se da cuenta de que puede amar a Bradwell en ese preciso momento con tanta intensidad porque sabe que ese instante pasará. Se permite a sí misma creerse la promesa y dejar que la abrace. El martilleo del corazón de Bradwell está tan revolucionado como los pájaros de su espalda, y se imagina que el hollín volverá a cubrir la tierra con una nueva capa, nieve negra, una bendición de ceniza.

Y entonces se produce más movimiento bajo la casa derruida, por donde se ha hundido sobre su propio sótano. Otra caja negra se alza con un chirrido de engranajes y empieza a abrirse paso entre los escombros sobre unos enclenques brazos articulados. Acto seguido, la madera en ascuas empieza a temblar por el mismo punto y, una a una, van surgiendo cajas negras de entre los restos calcinados.

FIN DEL LIBRO PRIMERO





Agradecimientos