La lista de los nombres olvidados

—?Leona? —Busco en mi memoria, pero no encuentro nada—. No lo sé. ?Por qué? ?De dónde has sacado ese nombre?

 

—De Mamie —dice—. Siempre me llama así y me da la impresión de que, o sea, que la pone supertriste, ?no?

 

Me quedo de una pieza.

 

—?Has estado yendo a ver a Mamie?

 

Cuando murió mi madre, hace dos a?os, mi abuela empeoró de golpe y tuvimos que ingresarla en un hogar para enfermos de demencia.

 

—Pues sí —responde Annie—. ?Por?

 

—Es que… no lo sabía.

 

—Alguien tiene que ir —me suelta.

 

A juzgar por su expresión de triunfo, estoy segura de que la culpa se me nota en la cara.

 

—Estoy muy ocupada con la panadería, Annie —le digo.

 

—Sí, vale, pero yo sí que encuentro el tiempo —dice—. Tal vez, si pasaras menos tiempo con Matt Hines, podrías dedicarle más a Mamie.

 

—Pero si con Matt no pasa nada…

 

Me percato de pronto de la presencia de Gavin a escasos metros de distancia y siento que se me arrebolan las mejillas. Lo último que necesito es que todo el pueblo se entere de mis asuntos o de la ausencia de ellos, según se mire.

 

—Es igual —dice Annie, poniendo los ojos en blanco—. La cuestión es que por lo menos Mamie me quiere. Siempre me lo dice.

 

Me lanza una sonrisa de suficiencia y sé que me corresponde decir: ?Yo también te quiero, cielo? o ?Tu papá y yo te queremos mucho? o algo por el estilo. ?Acaso no es eso lo que se espera que diga una buena madre? Por el contrario, como soy una mala madre, lo que me sale es decirle:

 

—?Ah, sí? Pues a mí me da la impresión de que le está diciendo que la quiere a una persona llamada Leona.

 

Annie se queda boquiabierta y me mira fijamente un minuto. Quiero acercarme a ella, darle un abrazo y pedirle perdón, decirle que lo he dicho sin querer, pero, sin darme tiempo, gira sobre sus talones y sale de la panadería dando zancadas, aunque no sin antes dejarme ver las lágrimas que le asoman por las comisuras de los ojos. No mira atrás.

 

Se me parte el corazón y me quedo mirando el lugar por donde se ha ido. Me desplomo en una de las sillas donde estaban sentados los gemelos y me cojo la cabeza con las manos. Lo estoy haciendo todo mal, pero lo que peor hago es relacionarme con las personas que quiero.

 

No me doy cuenta de que Gavin está de pie a mi lado hasta que siento su mano en mi hombro. Levanto la cabeza de golpe, sobresaltada, y descubro un agujerito en el muslo de sus vaqueros deste?idos. Por un instante me dan unas ganas extra?as de ofrecerme a zurcírselo, pero eso es ridículo: no se me da mejor usar hilo y aguja que lo de ser madre o mujer casada. Muevo la cabeza de un lado a otro y alzo la mirada, por encima de su camisa de franela azul a cuadros hasta su rostro, en el que se observa la sombra espesa de una barba oscura sobre la mandíbula firme. Su gruesa mata de cabello oscuro da la impresión de no haber sido peinada desde hace días, pero, en lugar de darle un aspecto descuidado, lo vuelve muy atractivo, de una manera que me hace sentir incómoda. Los hoyuelos que se le forman cuando me sonríe con dulzura me recuerdan lo joven que es: veintiocho —pienso— o tal vez veintinueve. De pronto me siento una anciana, aunque solo tengo siete u ocho a?os más que él. ?Cómo será ser así de joven y no tener ninguna responsabilidad verdadera: ni una hija preadolescente que te odie ni un negocio que amenaza ruina al que tienes que rescatar?

 

—No te agobies, Hope —dice; me da una palmadita en la espalda y carraspea—. Ella te quiere. Eres una buena madre.

 

—Sí, claro, gracias —le digo y aparto la mirada.

 

Es cierto que nos hemos visto casi todos los días durante los meses que ha estado trabajando en mi casa y que, cuando yo regresaba del trabajo por las tardes, a menudo preparaba una limonada y me sentaba con él en el porche, haciendo todo lo posible para no mirar la ondulación morena de sus bíceps, pero no me conoce. No me conoce de verdad y, sin duda, no lo suficiente como para juzgarme como madre. Si me conociera bien, sabría que soy un fracaso.

 

Me da otra palmadita torpe y dice:

 

—Lo digo en serio.

 

Entonces se marcha él también, dejándome sola en mi inmenso cupcake rosa, que de pronto me resulta muy amargo.

 

 

 

 

 

Capítulo 2

 

 

Aquel día cierro pronto la panadería, porque tengo algunas cosas que hacer. Aunque el sol no se ha puesto todavía cuando llego, a las 18.15, el interior de la casita que pretendo convertir en mi hogar me resulta oscuro y deprimente.

 

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