Ciudades de humo (Fuego #1)

Los androides eran formas de vida artificiales, cada cual más avanzada que la anterior, más parecida a los humanos. Los primeros habían sido robots sin más, formas metálicas que se movían de manera evidentemente artificial y ni siquiera tenían voz. Ahora, eran réplicas exactas de las personas. Tanto, que la única forma de diferenciarlos era asegurándose de que tenían su número de serie tatuado en el estómago.

Alice no sabía por qué querrían hacer algo así teniendo a los propios humanos tan cerca, pero nunca lo había cuestionado nadie, así que ella no iba a ser la primera.

Tampoco es que viera mucho a los humanos, vivían en la zona..., bueno, de los humanos. Ella estaba en la de los androides. Las separaban cientos de kilómetros y además llevaban un estricto control sobre la gente que entraba y salía de ellas. Especialmente porque, entre zona y zona, estaban el bosque y las ciudades de los rebeldes, es decir, de las personas que estaban en contra de los androides y de todo lo relacionado con ellos.

—Hoy los padres están inquietos —escuchó decir a 47 al otro lado de la mesa.

Tenía razón. Pero ?por qué lo había comentado en voz tan alta? Había tenido mucha suerte de no ser escuchado. Lo miró de reojo. No recordaba haberse fijado nunca en él. Era un chico con apariencia agradable, pero ese día estaba extra?o. Parecía ?nervioso? Repiqueteaba los dedos sobre la mesa compulsivamente.

Algunas cabezas se giraron hacia él. Su voz había resonado demasiado. Sí que lo habían escuchado, pero solo sus compa?eros. Si tenía algún aprecio por sí mismo, mejor que las madres no lo oyeran. Por no hablar de los padres...

?Padres? era el término que usaban para referirse a los diez creadores de androides de la zona. Los demás, los hombres que se paseaban por el lugar con sus batas blancas y se dedicaban a formular preguntas, a sacarles muestras y demás información a los androides como ella, eran los científicos.

Ninguno de los dos grupos era muy simpático. El padre John era, en su opinión, el más agradable. En el polo opuesto estaba el padre Tristan. Jamás había sido cruel con ella ni con nadie, pero a Alice nunca le había dado buena sensación esa mirada de ojos azules acuosos y esa sonrisa que parecía ocultar algo retorcido.

Debían de ser imaginaciones suyas, porque nadie se había quejado de él. De hecho, parecían tenerle un cierto aprecio ciego que no llegaba a comprender y que estaba segura de que jamás compartiría.

Tomó el tenedor para mezclar su desayuno, que era una pasta de color verde ideada para incrementar la funcionalidad de sus neuronas, o eso les decían los padres. Fuera lo que fuese, no sabía a nada, pero quitaba el hambre. Lo comían cinco veces al día, junto con piezas de fruta fresca.

—Es verdad —la voz de 47 volvió a resonar, esta vez a mayor volumen. Alice contuvo la respiración cuando las madres, de pie a ambos lados de la cafetería, se volvieron hacia él—. No es justo.

—47, ten cuidado —le susurró su compa?ero, claramente nervioso—. Siéntate o...

—?No, no me digas que no es cierto! —él se puso de pie y golpeó la mesa con la cadera, lo que hizo que los platos temblaran y todo el mundo lo mirara—. ?Sabes que lo es!

Una madre ya se había acercado con una sonrisa amable.

—?Hay algún problema?

—No hay... —intentó decir su compa?ero.

—?Sí, que quiero irme de aquí! —47 volvió a golpear la mesa y el vaso de agua de Alice vibró peligrosamente. 42 se lo sujetó para que no se derramara.

—Voy a tener que pedirte que mantengas la calma —replicó ella suavemente.

—?No quiero mantener la calma, quiero irme de aquí!

La madre hizo un gesto a los científicos de la puerta, que se acercaron rápidamente. 47 ni siquiera los vio llegar. Entonces, lo agarraron de ambos brazos y lo sacaron de la cafetería sin que nadie dijera absolutamente nada. Los gritos de protesta de 47 resonaron en la sala silenciosa unos segundos antes de que todo el mundo siguiera comiendo como si no hubiera sucedido nada.

La última vez que había pasado algo así había sido con 49, un androide aparentemente perfecto que un día se había puesto a gritar en medio de uno de los pasillos. Nadie había vuelto a verlo. Y ya apenas lo recordaban.

Alice vio de reojo que las madres murmuraban entre sí mientras ellos se tomaban el desayuno. Ya habían terminado cuando le dio la extra?a sensación de que hablaban de ella.

Quizá no fuera una sensación.

Cuando vio que una se acercaba a su mesa, clavó la mirada en su plato vacío, muy tensa.

—43 —llamó en tono amable y formal—, el padre John quiere verte.

Ella se alisó la falda y se puso de pie, aliviada. Solo era el padre John. Menos mal.

Y aun así, nunca era bueno que una madre viniera a buscarte fuera del horario habitual, que era por la tarde. Mantuvo la calma y se retorció los dedos mientras la seguía. Estaba nerviosa. Muy nerviosa.

El edificio principal era, básicamente, un conjunto de pasillos blancos e impolutos por los que madres y padres se paseaban de un lado a otro. Ellos, los androides, no podían pisarlos a no ser que fueran llamados.

Alice calculó los movimientos que hacían. Izquierda, derecha, el pasillo de las sillas, derecha, derecha. Puerta azul. Derecha. Escaleras. Izquierda. No sabía por qué lo hacía, era inconsciente, pero siempre se encontraba a sí misma haciéndolo.

—Espera aquí, por favor —pidió la madre, se?alando el pasillo—. No te muevas.

Ella se mantuvo en su lugar con los dedos entrelazados. No tenía permitido hablar con madres, padres o científicos si no le preguntaban algo directamente. Vio que la mujer desaparecía por el pasillo y miró a su alrededor. Estaba completamente sola. Le resultó un poco extra?o, pero la idea se fue de su cabeza antes de que pudiera siquiera considerarla porque un ruido parecido a un llanto sonó detrás de la puerta que tenía a su izquierda y la distrajo.

Se detuvo y escuchó más atentamente, curiosa y tensa a partes iguales. Incluso escuchar ya estaba tan prohibido que hacía que se pusiera nerviosa.

Pero solo tenía que hacerlo sin que la pillaran, ?no? Si no la descubrían, no pasaba nada.

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