El mapa de los anhelos

—Oye, espera…

Pero no le hago caso. Al fin y al cabo, esto es entre Will y yo. Abro de un tirón la puerta y salgo. El frío me muerde la piel. No hay rastro del chico de los ojos verdes. Se ha esfumado. Deambulando por la calle con el paquete contra el pecho, me cruzo con algunos transeúntes: un hombre con un ramo de flores, una mujer que pasea a un perro de patas cortas, un par de quincea?eros. Ninguno es él. Estoy a punto de rendirme cuando, de pronto, al cruzar delante de un semáforo, lo veo sentado en los escalones de una vivienda adosada que se encuentra en un callejón sin salida.

No llora. Tan solo contempla ensimismado la pared de enfrente. Por un instante, me recuerda a uno de esos bustos de piedra que estudiaba en la clase de Historia del Arte cuando iba al instituto. A él también se le ondula un poco el pelo en la zona de las sienes y la nuca. Y parece estar hecho de mármol, granito o algún otro material duro.

—?Se puede saber qué pasa contigo? —Avanzo hacia el interior del callejón cabreada, y él alza la vista con pasmosa lentitud—. Tengo mejores cosas que hacer que ir persiguiéndote por ahí. —Es mentira, claro, pero una tiene su orgullo.

Ni siquiera se molesta en responder. Suspira profundamente al tiempo que se pone en pie. Tengo que levantar la cabeza para poder mirarlo a los ojos.

—Toma. —Le estampo el sobre contra el pecho.

—?Qué es esto?

—Una carta.

—Eso es evidente.

—Una carta de Lucy.

—?Para mí?

—Para ti, sí.

No sé si es que sigue conmocionado o que no tiene muchas luces. Cambio el peso de un pie al otro cuando se decide a abrir el sobre de una vez por todas. Saca una sola hoja de papel y yo reviso mi teléfono para dejarle intimidad, aunque, en realidad, lo que deseo es quitársela y leerla.

Se pasa una mano por el pelo.

Después, dobla la nota por la mitad con delicadeza y la mete en el sobre. Intento contenerme, pero, como no reacciona, pregunto: —?Y bien?

Me mira, por fin.

Hay algo distinto en sus ojos. ?Es posible que parezca confuso y sereno al mismo tiempo? La expresión que a uno lo atraviesa cuando acaba de tomar una decisión, pero todavía se debate.

—Grace, ?verdad? Dame tu número de teléfono —exige, y me falta poco para bromear diciéndole que antes debería invitarme a una copa. Sin embargo, dada la situación, reprimo mi lado sarcástico y me limito a dictárselo—. ?Qué haces el jueves?

—Nada.

En realidad, nunca tengo nada interesante que hacer, más allá de quedar con Tayler, buscar trabajo o ir a alguna fiesta en la que siempre me siento fuera de lugar, como una avispa en una colmena de abejas.

—Te mandaré un mensaje para que me envíes tu dirección. Pasaré a buscarte a las cuatro de la tarde. La caja, por cierto, es para mí.

Me la arrebata de las manos sin vacilar y una sensación extra?a me atenaza la garganta, como si acabase de quitarme una parte de Lucy, lo único que me queda de ella.

—Pero… Espera… —Tengo la boca seca—. ?De qué va todo esto? ?Puedes decirme al menos qué ponía en la carta? Ni siquiera sé cómo os conocisteis Lucy y tú…

—Lo siento, tengo que volver al trabajo.

Y así, sin más, se aleja a paso rápido. No se molesta en mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar. Me quedo observando a Will hasta que desaparece junto al círculo de tristeza que lo envuelve. En mi cabeza, es del color de las glicinas. Y ese pensamiento, la visión de las flores derramándose en cascadas, me estremece.





4


Trapisonda


?Trapisonda?.

Tumbada en la cama, contemplo la palabra que escribí ayer en un papelito. No recuerdo exactamente dónde la encontré, pero me gustó uno de sus dos significados: ?Agitación del mar a causa de peque?as olas que se cruzan en diversos sentidos?. He llegado a la conclusión de que me encuentro justo ahí. Y es agotador intentar mantenerse a flote entre tantas sacudidas.

Hay una voz en mi cabeza que en ocasiones me grita cosas sin sentido. ?Duerme ocho horas diarias, Grace?. ?Sigue adelante?. ?Bebe agua?. ?Haz algo útil con tu vida?. ?Come más verduras?. ??Piensas continuar comportándote como una eterna adolescente??.

La otra tiene un tono más bajo. ??Y qué más da?, ?qué sentido tiene levantarse y buscar un trabajo y reír y bailar y so?ar si todos, en algún momento, vamos a morir??.

En realidad, no siento que ninguna de esas dos voces sea mía.

La que de verdad me pertenece lleva adormecida mucho tiempo. Siempre he tenido la incómoda sensación de que, si la dejase salir, si de verdad dijese en voz alta las cosas que pienso a diario, no solo confirmaría las sospechas de la gente sobre mis rarezas, sino que, además, seguirían sin entenderme.

?Y existe una soledad más grande que la de sentirse profundamente incomprendida?

Abro los ojos.

Contemplo el techo blanquecino.

Me he pasado los últimos cuatro días pensando en Will Tucker. Me giro y cojo un papel para garabatear ??Qué estará haciendo él?? y luego lo clavo con una chincheta en la pared. Esa es la pregunta que me ha estado asaltando. Lo he imaginado abriendo la nevera, rascándose la espalda, durmiendo, duchándose, paseando por la calle y sirviendo copas. En todas esas escenas, él tiene mi caja dorada. Porque la siento mía, muy mía, aunque está claro que Lucy no pensaba lo mismo. No saber lo que guarda en su interior es angustioso. Solo tengo una certeza al respecto: mi hermana me conocía lo suficientemente bien como para predecir que sería incapaz de seguir las reglas si ?El mapa de los anhelos? dependía tan solo de mí y mi capacidad para contenerme.

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